El Mito se convierte en Historia
“A la muerte de Vitiza una
competición opuso diversos pretendientes al trono vacante: de una
parte, los hijos del difunto; de otra, Roderico nombrado rey en
Toledo de acuerdo con el derecho germánico consuetudinario. Los
primeros eran menores de edad y sus partidarios para vencer a
Roderico pidieron socorro al gobernador de la provincia Tingitana, al
norte de Marruecos, que estaba bajo el dominio de los monarcas
visigodos. Adicto al bando de Vitiza —probablemente le debería el
cargo— mandó en auxilio de los hijos de su patrono unos centenares
de guerreros rifeños que cruzaron el Estrecho. Con estos refuerzos
sus partidarios vencieron a Roderico en un combate que tuvo lugar en
711 en el sur de Andalucía, entre Cádiz y Algeciras. Esto fue el
principio de una serie de guerras civiles entre diversos caudillos
para alcanzar el poder, que duraron sesenta años”. (Ignacio
Olague)
De esta forma describe Ignacio Olague
los sucesos que trescientos años más tarde pasaron del Mito y la
leyenda a la historia oficial de España. Una guerra entre la
aristocracia visigoda por el control de la península ibérica se
convierte trescientos años después, gracias a intereses religiosos
y a una forma de explicar la historia desde la religión, en una
invasión de árabes.
Paso a paso vamos a ir desgranando cómo
y cuando surge el mito y cómo y porqué el mito se convierte en la
historia oficial de España.
Las fuentes históricas
Llamamos “fuentes históricas” a
relatos o pruebas de diversa índole correspondientes al período que
estamos estudiando. En este sentido, las “fuentes” sobre la
“invasión de los árabes” son inexistentes. No ha llegado a
nuestros días ningún relato ni ningún documento producido en en el
año 711 y ni siquiera en los siguientes. No hay ninguna crónica
escrita por un protagonista directo o indirecto de lo hechos.
Posiblemente, las guerras religiosas entre arrianos y católicos que
acompañaron las luchas por el trono visigodo ocasionaron la pérdida
de toda la documentación existente sobre ese periodo histórico,
como por ejemplo las actas de los concilios celebrados en Toledo. La
costumbre de quemar los libros de los oponentes políticos o
religiosos cuajó en la Península Ibérica a una temprana edad.
“La efervescencia de las luchas
religiosas, la pasión que ha aniquilado todo documento cuya
supervivencia podía perjudicar los ideales defendidos en terribles
guerras civiles” (Ignacio Olague)
En los trescientos años posteriores a
la supuesta “invasión” no hay constancia de este hecho tan
relevante para la península y para toda Europa. La numerosa
documentación religiosa de este periodo no habla de ninguna invasión
y hasta el año 850 no aparece ningún texto sobre el Islam. Curioso
¿verdad?.
Incluso los investigadores que han
tratado el tema que nos ocupa han reconocido la inexistencia de
fuentes. Dozy en su “Recherches” nos lo cuenta de esta forma:
“Época fecunda para el novelador y el poeta; pero que es una
laguna en los anales de la península”. Otro reconocido
investigador, Eduardo Saavedra, en su “Estudio sobre la invasión
de los Árabes en España” nos confirma lo afirmado por Dozy:
“Desde el reinado de Vamba hasta el de Alfonso III de León, ni los
cristianos del Norte, ni los árabes y mozárabes del mediodía
escribieron nada que conozcamos”.
Por lo tanto, la “invasión de los
árabes” no podemos estudiarla como hecho histórico, sino
incluirla en la categoría de Mito o Leyenda y los manuscritos sobre
los que se basa la leyenda no podemos considerarlos como “fuentes”
por estar escritos trescientos años después de los hechos y
obedecer a cuestiones religiosas o políticas.
La formación del Mito
El mito comienza a gestarse varios
siglos después de la supuesta invasión y se fundamenta en
manuscritos árabes y latinos, que cuentan fábulas fantásticas y
echos fundamentados en motivos religiosos para explicar los éxitos o
los fracasos en las contiendas militares.
Manuscritos árabes
Escritos varios siglos después de los
echos, son adaptaciones de fábulas egipcias donde se cuentan
aventuras fantásticas de caudillos bereberes. La similitud entre
unas y otras, nos hace pensar en casi un plagio. La misma historia de
la invasión de los árabes en Egipto se traslada a la península,
cambiando exclusivamente lugares y personajes e incurriendo en
numerosas contradicciones y errores históricos, lo que demuestra que
su objetivo no era el relato histórico desde un punto de vista
científico e imparcial, sino servir a los intereses de los
gobernantes de la época, exaltando sus hazañas y proezas, de ellos
y de su dinastía, afianzando con ello su reinado. Así lo confirma
Eduardo Saavedra cuando dice que: “Las crónicas están plagadas de
hipérboles, contradicciones y anacronismos; pero si por motivos
tales hubiésemos de cerrar la puerta al estudio de una época,
cerrojar con desprecio cuanto acerca de ellas nos dicen los antiguos,
vendrían a quedar en blanco muchas de las más importantes páginas
de la historia universal”. Veladamente, Saavedra nos muestra el
camino para poner en cuarentena toda la historia universal por no
estar basada en fuentes fidedignas, sino en Mitos creados por
intereses tras la fundación de las naciones-estado en Europa y para
la justificación de estas.
Ajbar Maymua
Entre los escritos árabes, el de más
calado ha sido posiblemente el Ajbar Maymu’a -Historias de oídas-
que cuenta la historia de la dinastía Omeya en Siria, su expansión,
llegada a Al-Andalus y conquistas posteriores, en un relato, al igual
que las demás historias, fantástico, cuyo único objetivo era
justificar el Califato de los Omeyas cordobeses, atribuyéndoles un
origen regio.
Según Levi Provençal y L. Molina,
está escrito entre los siglos XII y XIII, recopilando historias
anteriores que han sido adaptadas a los intereses de la corte
cordobesa, y al igual que el resto de las crónicas árabes,
recogiendo leyendas de Egipto y Siria, muy extendidas en esta época
por el norte de África y Al-Andalus.
Manuscritos latinos
Aparecen entre los siglos XI y XIII,
siendo una copia de los manuscritos árabes, adaptados a las
exigencias religiosas de los reinos cristianos.
El Mito definitivo, tal y como nos ha
llegado a nuestros días y nos lo cuenta la historiografía oficial,
lo fija Jiménez de Rada en el S.XIII, contando a sus contemporáneos
la “invasión de los árabes” como un justo castigo de Dios
motivado por los pecados cometidos en tiempos de los Godos. También
es el creador del Mito de D. Rodrigo. Como podéis ver, la
metodología, el análisis histórico y el manejo de las fuentes de
Jiménez de Rada son de una fiabilidad “inquebrantable”. Aún
así, la argumentación divina y el tiempo transcurrido desde los
supuestos echos, no hace que pierda credibilidad para los
historiadores “españoles”; se le quita la intervención divina y
el Mito se convierte en historia.
Conclusiones
La inexistencia de fuentes históricas
en este periodo ha llevado a aprovechar las leyendas árabes para
convertirlas en historia. En Oriente no ha existido la “historia”
como ciencia hasta épocas muy recientes, divulgándose leyendas, no
con el ánimo de contar la realidad, ni hechos ocurridos con
anterioridad, sino simplemente con la intención de divertir y
entretener, motivo por el cual estas “crónicas” están llenas de
hechos fantásticos.
Los intereses de las monarquías
“árabes” por agrandar su prestigio en torno a un pasado
esplendoroso, con conquistas y posesiones inimaginables, coincide con
el interés de las monarquías españolas para justificar el
genocidio cometido en Andalucía, el concepto de “Reconquista” y
la Unidad de España. El interés de unos y otros ha mantenido vivo
el Mito hasta hoy. Considerar a los andalusíes extranjeros que
invadieron el Sur peninsular e impusieron el Islam por la fuerza de
la espada justifica la expulsión y el aniquilamiento para restaurar
las dinastías godas de las que España se considera heredera. Negar
estos hechos en base al rigor histórico del análisis de los
acontecimientos es poner en duda los Mitos Fundacionales del Estado
Español, la justificación de la acción genocida sobre Andalucía y
sobre todo el concepto de “Unidad de España” en base a un solo
pueblo y una sola religión.
El interés de las instituciones
españolas por mantener vivo el Mito no es una cuestión baladí,
como lo demuestra el gran esfuerzo que el sistema educativo,
Universidades, Fundaciones, Editoriales, y otros organismos dedican a
la cuestión.
Quizás la frase de Blas Infante:
“Cuando todos los andaluces conozcan su verdadera historia y
esencia, será cuando logremos llegar a obtener el poder necesario
para exigir el respeto a nuestra personalidad tan diferente de
aquella que tratan de imponernos” hoy tenga más valor que
nunca. En España lo saben por lo que la ocultación de la historia y
el mantenimiento de Mitos no son gratuitos.

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