En 1983 el Parlamento de Andalucía
aprueba por unanimidad el Preámbulo del Estatuto de Autonomía para
Andalucía, que reconoce a Blas Infante como “Padre de la Patria
Andaluza e ilustre precursor de la lucha por la consecución del
Estatuto de Autonomía para Andalucía”. En aquella época, se
necesitaba un “icono” y unos símbolos que aglutinaran a los
andaluces en torno a la clase política. En la incipiente democracia,
tras una transición no exenta de problemas y de concesiones por
parte de los partidos de izquierda, el Partido Socialista Andaluz
(P.S.A.), consigue meter un gol a los partidos centralistas con el
nombramiento de Blas Infante como “Padre de la Patria Andaluza” y
la aceptación de los símbolos adoptados por él en la Asamblea de
Ronda. Como “icono”, reunía todas las características
exigibles: mártir, asesinado por la derecha “españolista” y
representante de aquel intento autonomista que la dictadura del
general Franco truncó.
Pero si rompemos el “icono”, el
“cliché” de Blas Infante que los políticos nos han hecho
llegar, nos encontramos con una obra y un pensamiento, acompañados
de acción social, política y cultural, que seguramente, ni a los
políticos de ahora ni a los de antes les resulte cómodo. En todos
los órdenes de la vida, Blas Infante fue un “revolucionario” que
vivió y pensó a “contracorriente”, renunciando a los
privilegios de los que su clase social disfrutaba. Perteneciendo a la
burguesía andaluza, abraza la causa de los jornaleros, de los
descendientes de aquellos moriscos que la terrible conquista
Castellana dejara sin tierras. Tras recibir una formación académica
donde la historia de Andalucía no existía, sino a través de la
visión sesgada e interesada de los colonizadores castellanos, la
revisa, dándonos las claves y el camino para la recuperación de la
memoria histórica, oculta tras quinientos años de aculturación. Y
por último, lo que más puede molestar a los representantes de las
instituciones, del poder, de la enseñanza, un Blas Infante que
naciendo cristiano se reconoce musulmán, recuperando el “Din”(camino
del Islam) de sus antepasados, la fuerza impulsora de Al-Andalus.
Hoy, 15 de Septiembre, se cumple el 81
aniversario de la “Shahada” de Blas Infante Pérez. Este acto de
la “Shahada”, supone su reconocimiento como musulmán. Para
muchos, este dato resultará increíble, falso, o un intento de un
grupo de “moros” para hacernos creer que el “Padre de la Patria
Andaluza” es miembro de su “secta”. Debido a innumerables
prejuicios, les gustaría un Blas Infante cristiano, ateo o incluso
masón. Para otros, resulta políticamente incorrecto, emparentarnos
con el Islam a través de un Infante “moro”, relegando toda la
obra de Infante a un tercer mundo al que nadie quiere volver la
vista.
Si nos quitamos los velos que sobre
nuestra mente han colocado los prejuicios culturales que 500 años de
“guerra contra el moro” y una educación “uniculturalista”
impuesta, veremos y comprenderemos a través de los datos y
argumentos que a continuación exponemos, el proceso y las
motivaciones que condujeron a Infante por un camino que solo podía
llevarle al Islam. Esta “metamorfosis” que sufre Infante: nace
“cristiano” hasta llegar al “Islam”, no es exclusiva de él,
pues antes y después, han sido innumerables los andaluces que han
seguido el mismo camino, aunque el caso de Blas Infante es muy
especial por estar marcado por una cualidad nada común en el ser
humano: la intuición. Blas Infante, no inventó nada, no creó nada,
pero su intuición le llevó a descubrir todo un Universo que los
andaluces teníamos velado tras la conquista Castellana. No nos
estamos refiriendo solamente a la historia, tan diferente de aquella
que nuestros conquistadores nos han contado, sino a filosofía,
ciencia, literatura, arte, espiritualidad…en definitiva, Identidad.
Nadie desde la conquista cristiana tuvo la capacidad de compilar la
esencia de Andalucía, la identidad perdida. Solo la INTUICIÓN de
Infante fue capaz de rescatar lo que nuestros conquistadores, con
tanto afán intentan ocultarnos.
“Los regionalistas o nacionalistas
andaluces -sentencia Infante- nada vinimos a inventar: nos hubimos de
limitar, simplemente a reconocer en este orden lo creado por nuestro
pueblo, en justificación de nuestra Historia”.
Las recientes investigaciones en
numerosos campos de la ciencia han confirmado las Intuiciones de
Infante, así como revalorizado su obra al confirmar la certeza de
las intuiciones a las que nos hemos referido.
La Intuición de Andalucía lleva a
Blas Infante al Islam, al descubrir, al intuir, la importancia y la
influencia del Islam en el movimiento revolucionario que a partir del
siglo VII comenzó a provocar el despertar del genio andaluz, hasta
el afloramiento de esa civilización que denominaron Al-Andalus,
orgullo de todo andaluz y objeto de la envidia universal.
Blas Infante fue un “buscador”, en
el plano personal y en el colectivo. Nunca dejó de hacerse
preguntas, de buscar respuestas que le condujeran a él y a su gran
pasión, Andalucía, por el camino de la liberación. Ese camino de
liberación, le lleva a volver la mirada a la historia, a buscar un
punto de partida, encontrándolo en el periodo histórico de más
brillo cultural, científico, social y político: Al-Andalus,
descubriendo lo que él llama “el enriquecimiento de motivos para
la voluntad de ser”. Infante quería dotar al pueblo andaluz del
orgullo y la identidad perdida, como instrumento de liberación, por
lo que la primera tarea que se impone es la de rescatar la historia,
la de dotar a Andalucía de una interpretación histórica desde su
propio ser, sin mentiras y sin intereses extraños a ella, con
valentía y sin prejuicios ni complejos.
Infante empieza a “saborear”
Al-Andalus en las obras de Ribera y Tarragó, Asín Palacios, Dozy,
Levy Provençal, etc. En 1921, estudia la historia de Al-Mutamid, el
Rey poeta de Sevilla y Córdoba, escribiendo el drama teatral
“Mutamid, último Rey de Sevilla”. La “metamorfosis” ha
comenzado. El joven notario de Casares es abducido por el Universo
andalusí, no conformándose con ser un mero espectador, queriendo
participar de la experiencia de Al-Andalus, buceando en su ser,
interiorizando la esencia de la filosofía que despertó al genio
andalusí, bebiendo de los orígenes intelectuales de Al-Andalus,
convirtiéndose en protagonista de su drama teatral, para lo cual
comienza a preparar el viaje que le llevaría hasta la tumba de
Al-Mutamid en Agmhat, población cercana a Marrakech.
Una vez tomada la decisión de viajar
hasta Agmhat para dar continuidad a las peregrinaciones que se hacían
desde Al-Andalus para rendir homenaje a Al-Mutamid, último rey de
Sevilla, comienza a preparar el viaje. Seiscientos años después del
último andaluz que peregrinó a la tumba de Al-Mutamid, Ibn
al-Jatib, hayib de Granada, otro andaluz estaba dispuesto a recuperar
el homenaje a un hombre que representó y aún hoy representa la
esencia de Andalucía, de ese Islam andaluz, ortodoxo, aunque muchas
opiniones interesadas, desde el norte y desde el Sur, nos quieran
convencer de que la ortodoxia islámica es ese conjunto de dogmas
asfixiantes que las tradiciones de los pueblos llamados “islámicos”
nos quieren imponer. Andalucía, tierra a la que el Islam llevó las
herramientas con las que forjar la libertad, basada en el respeto a
todas las formas de entender la vida y la espiritualidad, se
encuentra presionada y encorsetada por los terribles fundamentalismos
de los pueblos del Norte y del Sur, que en tiempos de Al-Mutamid en
Sevilla y de Boabdil en Granada, terminaron con el sueño de un
pueblo, que una mañana fría, en Enero del año 1492 se levantó
esclavo del odio y de la envidia de los bárbaros pueblos del Norte.
Con la ilusión del que busca un
tesoro, Blas Infante inicia los preparativos del viaje que le
llevaría tras la huella de Al-Andalus, de esa Andalucía, que en
nuestra tierra está semi-oculta bajo la bota de quinientos años de
genocidio físico y cultural, pero que en Marruecos aún perdura en
sus edificios construidos por Andaluces y en unas formas culturales
heredadas por cientos de años de influencia andalusí.
Así, Blas Infante, persona
disciplinada y organizada, que todo lo anotaba, nos dejó en uno de
sus manuscritos el horario en el que dividía su tiempo:
De 10 a 11.- Religión y filosofía.
De 11 a 1.- Estudio: peregrinación.
De 1 a 2.- Revistas.
De 2 a 3.- Idiomas.
De 5 a 7.- Notaria.
De 7 a 8.- Música.
De 8 a 9.- Clase.
De 12 a 2.- Escribir.
El documento no tiene desperdicio. Nos
muestra el interés de Infante por conocer lo que él intuía como el
motor del cambio que generó esa civilización que ya admiraba,
Al-Andalus. Nos estamos refiriendo al Islam. Ese Islam que nos
encontramos cada vez que buceamos en la historia de Al-Andalus, o
cuando intentamos conocer las motivaciones que llevaron a nuestros
antepasados a producir ese cambio “revolucionario” que dándole
la vuelta a las estructuras económicas, políticas y sociales
impuestas por la minoría Visigoda, sacaron a Andalucía de la negra
Edad Media para anticipar el Renacimiento que siglos más tarde y
gracias a la influencia Andalusí, llegaría a Europa.
Cada día, dedica Infante una hora para
el estudio de Religión, refiriéndose sin duda al Islam y al Corán,
del que fue un gran conocedor, como lo demuestran los dos Coranes de
su biblioteca, manuscritos en los márgenes con sus comentarios.
Juan Antonio Lacomba en “Anuario de
Investigaciones”, hace una llamada a “cuestiones fundamentales de
su trayectoria interna, su historia, la historia que vivió, estudiar
más su propia vida en sus múltiples dimensiones, su vida personal”.
Aquí, acertadamente, Juan Antonio Lacomba nos llama la atención
para indagar con profundidad en la vida íntima y espiritual de Blas
Infante…un estudio que inevitablemente debe pasar por su relación
con el Islam y con las Ibadas (prácticas) islámicas.
Otra hora del día, la dedica a
estudiar “peregrinación”. En este apartado, tiene una gran
importancia la lectura del libro de Mariano Pano “Viaje a la Meca”,
en el que detalla todos los pormenores de la peregrinación a la
Meca, desde su vertiente espiritual o mística hasta lo referente a
los diferentes ritos y significados.
Y en este “Master” islámico, no
podía faltar el estudio del idioma en el que fue escrito el Corán,
el árabe. Este punto es de una gran importancia, habiendo sido
pasado por alto por todos los estudiosos de la obra de Blas Infante,
que por desconocimiento del Islam, no han podido valorar la
importancia del dato. Un occidental, no estudia la lengua árabe para
comunicarse con los pueblos del Magreb… estos no hablan árabe,
sino un dialecto del mismo, con el que defectuosamente se entienden
con los habitantes de la península Arábiga y con los pueblos que
hablan el árabe clásico. El árabe, lengua del “Corán”,
vehículo de transmisión de la “revelación Muhammadiana”, es la
herramienta de la que se dota el Islam para impedir la tergiversación
de los textos coránicos. No existe un Corán en Inglés o en
Español. Las traducciones del Corán a otros idiomas que no sean el
árabe, no son “Corán”, pues una traducción es siempre una
interpretación, por lo que a todo musulmán le es recomendado leer
el Corán a ser posible en árabe para poder interpretarlo de forma
directa, sin intermediarios. Una de las palabras que más se repite
en el Corán es la de “IKRA” (lee), que intenta evitar la
instauración de una casta sacerdotal que nos imponga su
interpretación de los textos coránicos, que como hemos visto a lo
largo de la historia, deviene en la manipulación y en la
tergiversación de los textos para el beneficio de una ideología o
de una interpretación de los mismos que excluya al resto.
Infante, había aprendido el árabe con
gran perfección, como lo demuestra el relato de la hija de Blas
Infante, Luisa Infante y que Enrique Iniesta lo recoge en su obra
“Blas Infante, toda su verdad”:
“De un aduar perdido, salieron
varios hombres con espingardas amenazantes, que iban derechos a los
tres viajeros (Infante, García Vidal, y Ben Moussa, chofer conocedor
del chelba y oraní), don Blas agarró el brazo de José Luis: ¡calma
Vidalito!. Y se dirigió en árabe a los atacantes, que se inclinaron
ante el nombre de Mutamid y le invocaron con el título de “sultán
de los sultanes”. Lo cuenta Luisa Infante”.
Lo que en principio era un viaje
cultural para rendir homenaje al último hombre que reinó en una
Sevilla libre, se convirtió en algo mucho más íntimo…¿quizás
en su particular “Hayy”, (peregrinación a Meca) con el
objeto de cumplir con uno de los pilares del Islam?
Enrique Iniesta lo cuenta de esta
forma: “El viaje lo transfigura en peregrinación. Supera el
interés cultural sin olvidarlo. Deja toda frivolidad turística. Va
con todo el respeto a rendir su homenaje al Rey cumpliendo el ritual
dispuesto en el Islam”.
En aquellos años, España estaba
inmersa en la ocupación colonial del norte de África, encontrándose
con gran resistencia por parte de las tropas de AbdelKrim, que
infringieron numerosas derrotas al ejército español e innumerables
bajas, por lo que la habitual ruta desde Tánger resultaba
impracticable, optando por la ruta marítima Lisboa-Casablanca.
En los siguientes manuscritos de
Infante, podemos ver el ánimo con el que se enfrenta a este
peligroso viaje. Es el ánimo de un morisco andaluz, ávido de
encontrarse con parte de su historia, con aquella que por serle
ocultada es la más querida:
“Más de un millón de hermanos
nuestros, de andaluces expulsados inicuamente de su solar -las causas
de los pueblos jamás prescriben- hay esparcidos desde Tánger a
Damasco, según comunicaba hace un año uno de nuestros más
esforzados paladines, el infatigable y culto Gil Benumeya. El
recuerdo de la Patria (…) lejos de esfumarse, se aviva cada día.
Ellos constituyen, con el reconocimiento de los pueblos fraternos,
que los mantienen en su hospitalidad, la élite de la sangre y del
espíritu de esos países. Yo he convivido con ellos, he sufrido con
ellos, he aspirado con ellos la esperanza de nuestra común redención
porque esta redención o será común o no será nunca.
El año 1924 me determiné a
reanudar las peregrinaciones que nuestros padres hicieron durante
algún tiempo a la tumba de uno de los hombres más representativos
del espíritu de nuestra tierra, Abu-l-Qasim ibn Abbad, rey verdadero
de Sevilla, Córdoba, Málaga y el Algarbe. El último peregrino
había sido un hijo de mi serranía de Ronda, Aljatib, ministro del
sultán de Granada, en el siglo XIV. Seis siglos sin que Andalucía
enviase ya su “saudad” por uno de sus hijos al sepulcro del Rey
poeta que murió en el destierro lejano invocándola en sus versos
dolorosos.
Merced a una serie de coincidencias
afortunadas (…) pude llegar a encontrar la tumba del Rey en el
derruido cementerio de Agmhat, al sur de Marraquech, en la vertiente
sobre Marruecos del Alto Atlas.
En mi viaje, me acompañaba un
intrépido muchacho catalán, gran espíritu, hoy residente en
Oporto. Llegamos a Agmhat el día 15 de septiembre. Allí no había
europeos, civiles o militares cuyas líneas francesas habíamos
dejado atrás”.
“Solos, con un guía que nos
prestó una kabila próxima y un intérprete oraní, sin cartas de
presentación ni de referencia, no llevábamos más armas ni más
guardas ni más brújula que nuestro entusiasmo y el nombre de
Al-Andalus que desvanecía recelos, apaciguaba las irritaciones que
nuestra audacia despertó alguna vez y nos abría las puertas de
aquellos campesinos montañeses que tan pródigos fueron en su
hospitalidad”.
En el contacto con ese pueblo marroquí,
que añora Al-Andalus por considerarse descendiente y heredero
cultural de aquellos moriscos que contra su voluntad emigraron al
Magreb para conservar su lengua, costumbres y prácticas islámicas,
es donde Infante encuentra el eslabón perdido entre la mítica y
añorada Al-Andalus, velada a los andaluces por el manto de la
conquista castellana, y la Andalucía de su época. Aquí, en
Marrakech, ante innumerables e impresionantes vestigios del arte
andaluz, y en compañía de descendientes de moriscos Andaluces,
Infante encuentra la verdadera dimensión de pueblo, de nación:
“El pueblo andaluz fue arrojado de
su Patria (…) por los reyes españoles y unos moran todavía en
hermanos, pero extraños países y otros, los que quedaron y los que
volvieron, los jornaleros moriscos que habitan el antiguo solar, son
apartados inexorablemente de la tierra que enseñorean aún los
conquistadores. Y es preciso unir a unos y otros. Los tiempos cada
día serán más propicios. En este aspecto, hay un andalucismo como
hay un sionismo. Nosotros tenemos, también, que reconstruir una
Sión”.
” Llevaba encima la historia de
ocho siglos de Islam andaluz y español, siete millones de población
andalusí en el siglo X por 45.000 castellanos leoneses, León con
500 habitantes y Córdoba con 90.000, Sevilla con 80.000, Toledo con
32.000, Granada con 25.000, Valencia y Málaga con 15.000 tal como
descubre Thomas F.Glick. Cela escribía del Rey Ordoño de León: en
Medina Azahara, se quedó pasmado en sus ojos de rey pobre. Estos
datos sorprenden y se han callado siempre en los espacios abiertos de
la divulgación. Seria una puerilidad lanzarlos como proyectiles en
cualquier sentido. O negarlos. La Historia era así y, en base a
aquella verdad, nadie podrá suponer futuribles. “¡Hoy, España,
Andalucía, sería qué sé yo que si no hubiera sucedido entonces
qué sé yo qué…!”. Pero aquello merecería otro trato
después de los estudios serios de la escuela de arabistas españoles.
(Enrique Iniesta).
Blas Infante, no solo llevaba encima la
historia de ocho siglos de Islam andaluz, sino la admiración y las
ansias de recuperar la esencia de aquella civilización, la esencia
de Andalucía. Con esta admiración, escribía sobre Al-Mutamid:
“Fue el último Rey indígena que
representó digna y brillantemente una Nacionalidad y una cultura
intelectual que sucumbieron bajo la dominación de los bárbaros
invasores. Túvose por él una especie de predilección como por el
más joven, como por el benjamín de esta numerosa familia de
príncipes poetas que habían reinado en el Andalus. Se le echó de
menos como a la última rosa de la primavera”.
“Ni los cristianos del Norte ni
los fundamentalistas del Sur eran andaluces. Si la opinión vulgar
admite y repite el carácter extranjero de las huestes africanas,
debiera en lógica simetría llamar igual a aquellos “ifranyi”,
que se decían herederos de la Bética cuando descendían a gritos de
los bárbaros invasores godos que hundieron Roma. Tomás de Aquino
llegó a Aristóteles gracias a nuestro Averroes. Todo un símbolo. Y
el Dante…”
El día 15 de Septiembre de 1924, Blas
Infante llega a Marrakech. Impresionado por esta ciudad escribiría:
“Caminando hacia el Sur, en la
desierta llanura mogrebina, se aparece la enorme ciudad de Marrakech,
como el centro de un oasis rodeado de palmeras, al pie del Alto Atlas
que se extiende más allá de la ciudad, a lo largo del horizonte
como una rígida muralla bermeja, primera de la ciudadela de montañas
que, antes del gran desierto, defiende los senos africanos.
La Kutubia se adelanta en la visión
ofreciéndome una emoción de hogar, anulando ante mi sensibilidad
motivos o impresiones de extranjería (…). Una asociación de ideas
modula y contesta la pregunta de la grácil torre acerca de sus dos
únicas hermanas en la familia de las grandes torres almohades: la
sevillana Giralda cubierta con el gorro del cautiverio de la pesada
cúpula cristiana que sustituye el airón del minarete y la
inconclusa que parece mutilada rabatí de Muley Hasan.
Yo no soy forastero en Marrakech.
Los moros andaluces predominan en la constitución étnica de la
medina musulmana. Presidiendo la soterrada construcción psíquica
que mi recuerdo excava ahora, los espíritus de los andaluces
ilustres inspiradores de los Califas más cultos del Mogreb que aquí
tuvieron su centro imperial, la sombra acogedora de Ibn Tufail, el
insuperable viviente hijo del vigilante, discierne aún hospitalidad
a los peregrinos que vienen de su tierra andaluza (…). El
pensamiento de Averroes (…) La silueta dulce de Ibn Arabi musita
esta inquietante plegaria en la Puerta de la Ciudad (…) Marrakech
es para mi peregrinación, el límite de la tierra Santa, del Templo.
En las formas de mi espíritu, ahora, los ritos viven. El alma ahora
tiene oración, se ha encendido un religioso fervor. Ha vestido el
“hizam” del “alhinchante” (peregrino). Hago una ablución en
la fuente de la historia, con fecundos valores, hijos de una cultura
que se pretendió cegar y que se hizo subterránea y de oscuro
discurso”.
El 15 de Septiembre de 1924, Blas
Infante culmina su viaje ante la tumba de Al-Mutamid. Lo que en un
principio fue un viaje cultural, tras la huella histórica de
Al-Andalus, se ha convertido en un encuentro “espiritual”, un
viaje que podríamos denominar “iniciatico”. A partir de aquí,
Blas Infante no volvería a ser el mismo. Se ha encontrado con la
riqueza de un Al-Andalus vivo en los descendientes de moriscos
andaluces, y un Islam que no estaba solamente en los libros, que
estaba lo suficientemente vivo como para sentirlo, en la manera en
que solo un “mumin” (creyente) puede hacerlo, intuyéndolo con el
corazón del que se abandona en Allah. Ante la tumba de Al-Mutamid,
Infante repite el ritual que se realiza en Meca, como su particular
forma de dar cumplimiento a uno de los cinco pilares de obligado
cumplimiento en el Islam: el Hayy o peregrinación. Así, Infante da
siete vueltas a la tumba de Al-Mutamid, en sentido opuesto al de las
agujas del reloj, a semejanza de las siete vueltas que los peregrinos
musulmanes dan en la Meca en torno a la Kaaba.
Pero, Blas Infante, que era una persona
extremadamente comprometida con sus ideales, no podía conformarse
solamente con este acto de homenaje a Al-Mutamid y a las creencias de
aquellos hombres y mujeres que durante ocho siglos elevaron a
Andalucía y al Islam a las más altas cotas del conocimiento. Su
convencimiento le lleva al compromiso.
Muhammed Ali Cherif Kettani en su libro
“Inbia’t al Islam fi Al-Andalus”, escrito en lengua árabe,
cuya traducción podría ser “El resurgimiento del Islam en
Al-Andalus”, editado por la Universidad de Islamabad en el año
1992, lo relata de la siguiente forma: 15 de Septiembre de 1924…“hace
la “Shahada” en una pequeña mezquita de Agmhat”, adoptando el
nombre de Ahmad. -“Ibn Al-Arabi, el gran maestro sufi andalusí,
dice que el significado de esta raíz (se refiere a la raíz del
nombre Ahmad) es poner en acto algo que estaba en potencia”
(Antonio Medina, Cervantes y el Islam)-, “Sus testigos del acto por
el que se reconocía musulmán, fueron dos andalusíes nacidos en
Marruecos y descendientes de moriscos: Omar Dukali y otro de la
kabila de Beni-Al-Ahmar”.
A su regreso a Andalucía, y una vez
asimilados todos los pormenores de este viaje “iniciatico”,
relataría la vivencia íntima de su experiencia espiritual de la
siguiente forma:
“ Y lo más particular es que en
los términos o realidades subjetivas que se desarrollaron en mi
peregrinación a Agmhat, averiguo actos interiores que se expresaron
con autenticidad gracias a las ceremonias o exterioridades del Ritual
de los Alhiches (peregrinos) a la casa de Dios, la prohibida, la
Caaba. Es decir, que, inversamente, los ritos muslímicos de la
peregrinación a la Meca, son para mí la traducción mágica en
actos materiales, o la aprehensión mimética externa (sin sentido
para algunos como tales exterioridades culturales de cumplimiento
mecánico) de hechos interiores plenos de significado profundo,
expresivos del dinamismo espiritual que se verifica durante el
transcurso de toda verdadera peregrinación”.
“Limpia la boca, pura es ahora la
palabra de mi conciencia. He penetrado hasta lo más íntimo y
desinteresado de mi ser, allá donde se abre la flor del primer
imperativo que manda vivir, ser, para cada vez más ser. He visitado
como todos los peregrinos el sepulcro de Eva al cual se allegan en
aquel límite los alhinchantes del Islam”. (AAK, 4 7).
Estos textos, demuestran una
extraordinaria sinceridad de Blas Infante, relatándonos su
experiencia en Agmhat, “peregrinación” y “Shahada”, como
actos vividos con una intensidad que solo pueden ser fruto de su
convencimiento y su compromiso con una forma de entender la
espiritualidad. La metamorfosis ya se ha producido, encontrándonos a
un Blas Infante “musulmán”.
El camino que lleva a Infante al Islam,
puede parecer extraño para muchos. Para otros, puede parecer una
extravagancia que solo se le puede permitir a los genios, producto de
la ensoñoración y el embrujamiento que Al-Andalus ha ejercido en
muchos personajes a lo largo de la historia, o un intento de imitar a
aquellos reyes andalusíes, a los que Infante tanto admiraba.
Pero los que hemos seguido el mismo
camino que Blas Infante, -Al-Andalus nos ha llevado al Islam-,
sabemos de la fuerza interior del Islam y de los efectos que produce
al interiorizar toda una filosofía y una forma de entender la vida,
la creación y la espiritualidad, en base al compromiso con unos
valores.
Su relación con el Islam no se queda
en Agmhat. Continuaría durante toda su vida, en sus escritos, en su
forma de entender la vida y en sus actos, con un compromiso reforzado
para con su gente, su patria, su Din (camino del Islam), que le
llevaría a vivir la etapa más productiva de su vida, tanto a nivel
literario como político, y en la faceta en que más hincapié hacia:
la divulgación de la historia y cultura andaluza, en su intento por
librar la batalla en el campo en el que los conquistadores más daño
nos habían hecho, el campo de la cultura:
“La historia del Islam peninsular
ha sido descuidada durante mucho tiempo por el historiador
profesional, el medievalista; quizás como resultado de la
pervivencia, a través del nacionalismo (español) moderno de la
vieja idea de “reconquista”, que tendía a considerar la
presencia del Islam en la península como un accidente incapaz de
sustentar derechos adquiridos de ningún tipo. Esto, unido a la falta
de documentación adecuada, justifica el retraso de la investigación
histórica sobre AI-Ándalus”.
El afán de estudio por el esplendor de
Al-Ándalus, le lleva a estudiar la lengua árabe. Aprendizaje que
realiza con una suficiencia como para ejercer de docente en los
salones del propio Alcázar de Sevilla. La abundancia de textos
manuscritos en lengua árabe y que tratan temas islámicos en su
legado de inéditos, nos da idea del interés de la persona sobre el
tema. (Manuel Ruiz).
Su interés por rescatar la cultura
andalusí le lleva a la creación de los Centros Andaluces:
En este primer Centro se crean
secciones de Historia, Arqueología, Música, Literatura, Bellas
Artes, un Instituto de Estudios Americanistas, la Orquesta Sinfónica
de Sevilla, se imparten clases de Filosofía Andaluza, Historia,
Dibujo y Pintura, e incluso se dan clases gratuitas de árabe que
imparte el propio Blas Infante y el magrebí Abd El-Kader , y que
llega a tener 60 alumnos mientras en las escuelas de estudios árabes
de Madrid y Granada apenas llegaban a la docena. En esta gran labor
cultural incluyen una discoteca andaluza, trabajos arqueológicos
sobre la cultura de Tartessos , una Biblioteca y publicaciones
periódicas como la revista Amanecer desde 1933, que curiosamente
editan bilingüe en castellano y en árabe para, según decían en su
Editorial “enseñar a los moros la aspiración del Centro Andaluz
relativa a llegar a restablecer con ellos nuestra antigua comunidad
cultural, y a que nos llegase a servir de instrumento de hermandad
con los moros andaluces (…) por ser los más cultos de todo el
litoral africano norteño”, pidiendo al gobierno la entrega de la
Sinagoga de Toledo a la Comunidad Hebrea y la Mezquita Aljama de
Córdoba a la Islámica.
Incluso, en 1.931, las Juntas
Liberalistas inician una campaña a favor de la construcción de una
mezquita en Sevilla “no con ánimo de hacer profesión o
confesión de una religión determinada, sino con el objeto de
afirmar la libertad y pluralidad religiosas, elementos de síntesis
de la Historia de Andalucía”. Para ello, elaboran un cuestionario
para los lectores: “¿Qué lugar de Sevilla seria el más a
propósito (sic) para situar el templo musulmán?. ¿De cuáles
medios pudiéramos valernos para allegar los necesarios recursos?”.
Evidentemente, Infante no podía hacer
público su Din islámico por las consecuencias profesionales,
políticas y familiares que ello le acarrearía, viviendo su Islam en
“Taquilla”, practicándolo y viviéndolo en su intimidad,
sin hacerlo público, -tal como lo hicieron cientos de miles de
moriscos desde la conquista castellana-, excusando, no sin
convencimiento, la construcción de la Mezquita de Sevilla por
motivos de “libertad y pluralidad religiosa”. No olvidemos que en
estos tiempos, la iglesia católica tenía un gran poder, unido a los
prejuicios contra el “moro” que quinientos años de aculturación
habían impregnado al pueblo andaluz, sin olvidarnos que la “Santa
Inquisición” había estado presente hasta mediados del siglo
anterior.
En el “Congreso de los Pueblos sin
Estado”, celebrado en Delhi (India), en el año 1930, al cual
fue invitado Blas Infante, no pudiendo asistir, delegando su
presencia en el poeta Abel Gudra, al que entregó un manuscrito de su
puño y letra para que este lo leyera ante los congresistas:
“La revolución india es un mero
episodio de la gran batalla. Las agitaciones de África lo son
también. ¡Desengañaos! Nada conseguirán los pueblos esclavizados
de Afro-Asia mientras que el despertar no venga a abrir los ojos, en
la tierra sagrada de España, de nuestra cabeza, Andalucía”.
“¿Qué nos queda del Islam?. Nos
queda del Islam el sentimiento de poder de Allah y su equilibrio. El
Islam no es solo espiritualidad, es también movimiento. Vivir no es
solamente una idea, sino un conocimiento, y este conocimiento es
nuestra experiencia de Al-Andalus en su época de esplendor”.
” El Profeta de nuestros
antepasados de Al-Andalus que, como todos los profetas, será nuestro
profeta, (se refiere Blas Infante a Muhammad -s.a.s.-), y el de todos
los hombres libres en tanto cuanto digan la verdad, anunció esta
verdad incontrovertible: “¡Ay del día en que un espíritu no
comprenda a otro espíritu. Porque el espíritu es espíritu como la
luz es luz!” Trabajemos con suma cautela en estos principios para
que Andalucía vuelva a ser inspirada por su propio genio y porque su
libro vuelva a ser el Al-Korán como dice la Sura III:
“Aquellos a quienes les hemos
dado Al-Korán y lo leen como deben leerlo”.
(Blas Infante: Manuscritos Inéditos)
Que estas líneas sirvan de homenaje a
un musulmán sincero, a un hombre que con su lucha y su pensamiento
iluminó un sendero por el que muchos andaluces de conciencia,
musulmanes o no, estamos andando en busca de un ideal que consiga que
“los andaluces volvamos a ser lo que fuimos”.
Él, recuperando nuestro pasado nos ha
mostrado el camino hacia el futuro. Que su “Baraka” nos de
la luz necesaria para seguir su camino.
Alí Manzano

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