“…fundamentar una cosa es
asentarla sobre las razones de su género o espacio cósmicos o
universales…”
“…tuvimos que fundamentar
doblemente a Andalucía, como Nación o Región, al uso, conforme al
principio de las Nacionalidades y, como ser o genio -término que
llegamos a emplear entonces- demostrando mediante positivas
revoluciones culturales de idéntica inspiración la existencia y la
continuidad a través de los milenios de un mismo estilo (…)en
Andalucía. Estilo tan diferente del resto peninsular, que bien
pudiera aparecer cierto el dicho de Ganivet: en España, hay dos
naciones, una al Norte, España; otra al Sur, Andalucía”.
(Blas Infante)
La historia de Andalucía, siempre ha
sido contada por elementos ajenos a nuestra tierra, interpretada
fuera de nuestras fronteras en base a intereses nacionalistas
(españoles), religiosos y económicos, extraños a nuestra realidad.
Por este motivo, en nuestras escuelas, institutos y universidades se
ha estudiado siempre la historia de Castilla, de España en
Andalucía, como si Andalucía no tuviera historia anterior a la
conquista Castellana. Ya lo advirtió Fernando El Católico después
de la conquista de Granada, con motivo de la promulgación de las
pragmáticas de conversión de los moriscos al catolicismo: “estos
no serán buenos cristianos, pero sus hijos y nietos si lo serán”.
En esta corta frase, se podría resumir la política asimilista de
España en Andalucía, encaminada a borrar toda reminiscencia de
Identidad andaluza, para adoptar la identidad Castellana, y que a la
vuelta de cinco siglos, ha dado los frutos apetecidos: un pueblo
andaluz, creído en ser descendiente de los bárbaros conquistadores
que con la cruz y la espada borraron nuestra cultura y nuestra
identidad.
Desde muy diversos frentes, nos han
querido hacer creer que el andalucismo o Nacionalismo andaluz nace
con Blas Infante y las Juntas Liberalistas, siendo producto de la
moda de la época –los nacionalismos vasco, catalán y gallego
estaban en su apogeo, preparando sus respectivos Estatutos de
Autonomía- y de la oportunidad política del momento.
Nada más lejos de la realidad. Blas
Infante fundamenta Andalucía en una continuidad histórica y
poblacional desde épocas remotas, desde las primeras civilizaciones
que poblaron nuestro suelo.
“El Regionalismo andaluz, como ya
hemos dicho y vamos a ver enseguida, no fue obra de alguien, sino un
resultado natural expresivo de la Historia de Andalucía”
"Los regionalistas o
nacionalistas andaluces nada vinimos a inventar: nos hubimos de
limitar, simplemente a reconocer en este orden lo creado por nuestro
pueblo, en justificación de nuestra Historia"(Blas
Infante)
Si tuviéramos que destacar alguna de
las aportaciones de Blas Infante al proceso de soberanía del Pueblo
andaluz, sin duda alguna, destacaríamos su aportación a la
interpretación histórica de Andalucía, rompiendo con las tesis
asimilistas y uniculturales, que la conquista nos impuso, con el
objeto de perpetuar la dependencia cultural e histórica de
Andalucía, en relación a los pueblos del norte, diluyendo la
Identidad Andaluza en una mezcla de pueblos –según la
historiografía oficial- que sobreviene en una falta de identidad
colectiva, de raíces y de sentimiento de pertenencia a una nación
genuina, diferente de la española. Estas carencias que la falta de
Identidad provocan en el Pueblo andaluz, nos hace sumisos a los
intereses coloniales extranjeros, conforman un pueblo apático,
incapaz de defender sus intereses, con un sentimiento de inferioridad
respecto al colonizador que todavía perdura en nuestro subconsciente
colectivo.
La interpretación histórica de
Infante se basa en una cualidad que en la vida y en la obra de
Infante tiene una importancia primordial: la INTUICION. Para esta
interpretación, genuina y multicultural de Andalucía, Infante bebe
de las fuentes más abundantes de su época: los arabistas Rivera y
Tarragó, Asin Palacios…los historiadores de la escuela de
hispanistas francesa Dozy, Levy Provençal…el investigador de
Tartessos Adolf Schulten, sus compañeros en las Juntas Liberalistas,
hombres de una gran capacidad intelectual, como Gil Benhumeya, Abel
Gudrá, Fermín Requera, Lasso de la Vega…los contactos con grupos
del exilio árabe en Andalucía, principalmente sirios y palestinos,
como el emir Chekib Arslam e Ibsan Bey Et-Djabri…Pero ninguno de
ellos, supo ver ni explicar la continuidad histórica de Andalucía
–desde la prehistoria hasta nuestros días- con la clarividencia de
Infante. Tuvo que ser la intuición de Infante, la que uniendo datos
históricos, rasgos culturales, lingüísticos, sentimientos,
observaciones…, nos mostrara el camino a seguir para la
recuperación de una historia de Andalucía, que hasta el momento,
había fluido subterránea bajo el manto de la opresión
uniculturalista de los colonizadores. Nadie desde la conquista
cristiana tuvo la capacidad de compilar la esencia de Andalucía, la
identidad perdida. Solo la INTUICIÓN de Infante fue capaz de
rescatar lo que nuestros conquistadores, con tanto afán han
intentado ocultarnos, dejándose arrastrar por los sentimientos que
le produce el contacto con los restos históricos y culturales de la
última civilización andaluza que vivió en libertad: Al-Andalus, y
con los restos más genuinos de ese pueblo morisco: los jornaleros,
los felah-menco (campesinos sin tierra).
Pocas cosas han sido tan manipuladas y
falseadas como la historia de Andalucía; instrumento del colono para
perpetuar la conquista y campo de batalla donde recuperar la
Identidad oculta. Blas Infante era conocedor de la importancia de
esta lucha tan desigual, que las Juntas Liberalistas y él mismo
libraron contra el enorme instrumento propagandístico del Estado:
escuelas, universidades, ejércitos de escritores e “investigadores”,
cuyo objeto era argumentar la historia en función de los intereses
de Castilla para perpetuar la interpretación asimilista y
uniculturalista que sirve a los intereses de Estado: religiosos y
políticos; un Estado, una lengua y una religión.
La historia andaluza, que remontando en
la prehistoria, con los primeros pobladores de Europa, -según los
restos hallados en Orce (Granada), tiene una antigüedad de un millón
de años- y siguiendo con las primeras manifestaciones de elementos
socioculturales en el Neolítico, como la Cultura de los Sepulcros
Cupuliformes, denota ya una fuerte organización social,
exteriorizada en algunos ejemplos como Los Millares en Almería,
Cueva de la Pastora en Sevilla, Cueva de Menga en Málaga, o la Cueva
de los Murciélagos en Granada.
Ya en estas primeras manifestaciones
civilizatorias andaluzas, Infante las considera “conscientes de
la actividad de unas gentes que llevan en ellas mismas el germen del
progreso…La cultura primitiva andaluza fue, pues, una cultura
directora del mundo”.
“La cultura ante histórica más
temprana de Occidente, la denominada del “vaso campaniforme”, fue
creada por Andalucía, y ella la irradió por Europa central,
meridional (incluido el resto ibérico) y occidental (incluyendo la
moderna Inglaterra).(Blas Infante)
La cultura subsiguiente, la de los
“Sepulcros cuculiformes” (Eneolítico final), Andalucía la viene
a inventar también. Por cierto, que esta cultura que Andalucía
llega a difundir hasta Francia (entrando por el Noroeste), Holanda y
Alemania, y desde Dinamarca a Suecia (siempre cerca de las costas y
vías fluviales), alcanzando hasta el Asia Menor y Grecia y Tirrenia,
no llega a traspasar la Marianica; es decir, Andalucía se encuentra
absolutamente aislada de la España central y norteña; mientras que
comunica por mar con países lejanos.(Blas Infante)
Mediante estas dos culturas,
Andalucía descubre el uso del cobre, que llega a perfeccionar;
durante la segunda de entre ellas, enseña a sentir y a cultivar el
arte desinteresadamente, sin finalidades prácticas, mágicas o de
conjuro, y durante la cuculiforme, además, inventa la bóveda, la
escritura con signos alfabetiformes, ensaya el uso del hierro,
etc.(Blas Infante)
Estas primeras manifestaciones
culturales, que comenzando por el levante, irradian toda la geografía
andaluza, expandiéndose a través de esa gran vía de comunicación
que para los andaluces siempre ha sido el Guadalquivir, evolucionan
hacia lo que se ha llamado la cultura del Argar, cuyos restos
hallados en la provincia de Almería, nos muestran unos rasgos
característicos como son: poblados de trazados no circulares y gran
especialización en las actividades económicas, siendo el
precedente, o incluso, las primeras manifestaciones de lo que
posteriormente fue conocido como Tartessos.
Tartessos, fue la culminación del
proceso evolutivo de las culturas prehistóricas andaluzas,
aglutinando en un organismo socio-político con forma de Estado,
todas las formaciones históricas de Andalucía, en la primera
demarcación política y social común dentro de un mismo espacio
geográfico. La organización social y de poder, constituida en forma
de monarquía, define a un Estado a nivel geo-político, con una
fuerte proyección económica y política en todo el Mediterráneo.
Podríamos considerar Tartessos como el
primer Estado de Occidente, y el primer Estado de Andalucía,
ejerciendo la hegemonía mediterránea en los aspectos culturales y
comerciales ante pueblos como fenicios, focenses, cretenses, etc. El
conocimiento de Tartessos, nos llega a través de las referencias
escritas por los antiguos griegos y romanos, además de los restos
arqueológicos de Mesa de Asta (jerez), los del cerro del Carambolo
(Sevilla), Cabezo de la Joya (Huelva),etc.
La primera cultura histórica,
también es creación de Andalucía. Es la cultura de Tartessos.
Inventa el bronce, perfecciona la navegación y elabora el primer
estado político de occidente; Tartesia, cuyos límites eran
coincidentes con los de la Andalucía actual, excepto por Levante,
que comprendía hasta cerca de Villajoyosa, en la provincia de
Alicante, y por Poniente, que se extendía hasta llegar a incluir
Mérida y Badajoz dentro de sus fronteras. Cultura refinada en todos
los aspectos de la creación espiritual, como las anteriores
directoras del mundo, a lo menos en sus inicios.(Blas Infante)
Tiro primero y Cartago después,
privan a los andaluces de los caminos del mar. Pueblos pequeños,
estos enemigos, Andalucía no puede llegar a resistirles. No es
bélica su vocación. Los pueblos , del mismo modo que los hombres,
de vocación cultural, sobre todo si esta ha sido desarrollada,
podrán llegar a ser arrebatados en un instante por la vehemencia
guerrera, la cual vendrá a expresar siempre en forma brillante,
heroica o estética; pero son incapaces para la acción bélica
persistente.(Blas Infante)
En el estudio de Tartessos, Infante
encuentra las similitudes y relaciones de Andalucía con las culturas
Orientales, en cuyo ámbito inserta la cultura y el hecho civilizador
andaluz:
“Los Turdetanos / curetes
–jóvenes- ‘gigantes’ –escribe Justino- pelearon con los
Dioses en los bosques de Tartesos”. “La tierra andaluza, no
admite la tiranía naciente de Zeus y desarrollando un esfuerzo
titánico se subleva contra él. Cronos (Tiempo), vencido en todas
partes, se refugia en Tartesos bajo la figura de un rey viejísimo,
servido por un pueblo de sacerdotes que articulándose al cosmos por
medio de sus sacrificios crea dioses o valores culturales verdaderos
de acuerdo con la evolución…(Blas Infante)
El establecimiento de andaluces en
Creta debe tratar de esta segunda cultura eneolítica y haber
continuado durante la primera fase de la cultura tartesa…De
Erithea, hija de Gerión rey de los andaluces, nació mercurio,
(Stéfano). El rey Osiris, primero de Egipto, casó con una hija del
rey ibérico Hespérico o con su hermano Atlas (Sarabón).(Blas
Infante)
Infante, no solo relaciona Tartesos con
las culturas Orientales, va mucho más lejos, hasta las culturas
andaluzas del “sepulcro cupuliforme”:
“Las concordancias evidentes que
se aperciben entre las culturas pelasgas de Oriente (tipo cretense) y
la andaluza del sepulcro cuculiforme. Pues bien, como la raza de los
constructores de esas culturas, como sus artes e industrias, los
signos alfabéticos, o alfabetiformes son, también, semejantes y,
aún, idénticos entre ellas…”(Blas Infante)
Es decir, los elementos citados por
Infante, nos indican una comunidad de origen cretense-andaluza.
En la fundamentación histórica de
Andalucía que hace Infante, tuvo una gran influencia la obra de
Adolf Schulten “Tartessos”, publicada en 1.924. Siguiendo las
teorías de Schulten, Infante diría:
“Mas que por su vieja industria y
comercio, Tartesos se eleva por su cultura propia espiritual y
representa un caso único en la Historia de Occidente. Tartesos, es
la única cultura propia a que llegó Occidente…
Un pueblo de pacíficos navegantes,
comerciantes y colonizadores, abierto a todas las ideas…un pueblo
individualista al que repugna la acción absorbente del Estado…”
Estas características que Infante
atribuye al pueblo Tartesico, van a ser una constante del “ser”
andaluz a lo largo de su historia: antibelicista, individualista,
libertario, antiestatalista, etc.
Espiritualmente, también podríamos
decir que Tartesos es una civilización de una marcada esencia
oriental:
“…el sol regía durante el día;
la luna durante la noche. El tiempo, padre de todos los dioses es el
regazo donde se suceden todos sus imperios divinos…Entre los dioses
Tartesios no existe, pues, el combate y la contradicción continua
que hay entre los dioses posteriores del Olimpo griego. Tartesia,
pueblo antibélico, proyecta su pacifismo al cielo de sus deidades.
Consta que el principal dios de Tartesia, dios universal, parece
haber sido Cronos, al cual erigieron estatuas en Gibraltar y Cádiz,
de bronce y de nueve codos de alta. Cronos era venerado en Andalucía,
simbolizado en la figura de su primer rey el viejísimo Gárgoris, el
que descubrió la miel…Acaso cronos fue personificado en las
fuerzas animales, a través de la larga evolución. Seria, entonces,
histórico el bello símbolo expresado por el escudo que la Asamblea
Regionalista de Ronda (1.918) vino a elegir para Andalucía. El de
Hércules adolescente, sujetando unos leones, con la leyenda del
escudo de Cádiz: ‘Dominator Hércules Fundator’…Otras deidades
universalistas que pueden articularse a las anteriores en un sistema
primitivo, son el Trabajo, el Arte, y la Pobreza, a quién los
Tartesos erigían altares y, aún, a la misma Muerte…”(Blas
Infante)
Según Manuel Ruiz Lagos, en su obra
recopilatoria de inéditos de Infante ‘Fundamentos de Andalucía’,
“este Hércules andaluz es fundamental para relacionar las culturas
orientales con la autóctona. La opinión de Infante es aceptada -sin
saberlo- por el propio F. Sánchez Dragó:
“El Hércules español tiene
también tres rostros, que corresponden a tres lugares, tres épocas
y tres alcurnias. El primero es egipcio: ‘Este Hércules que vino a
España contra Gerión no fue el Griego llamado Alcides sino el
egipcio hijo de Osiris’…Todas las tradiciones africanas coinciden
en afirmar que un semidios del Nilo, hijo de Isis, se enfrentó en
época remota a un rey del Guadalquivir famoso por el lustre de sus
rebaños…Siguiendo el hilo del Estrecho, hubo en cádiz y heracleo
que se mantuvo en pie y abierto al culto, hasta que Teodosio elevó
la fe religiosa a razón de Estado e inauguró la era de las
intolerancias… Apolunio quedó impresionado por el trance místico
y mágico que agitaba la ciudad de Cádiz, y tomó nota de que nadie
moría en ella durante la pleamar. Dios Hércules –el egipcio y el
tebano- se repartían con el ateniense Menestheus el favor de los
idólatras, mientras piadosos intelectuales de corazón antiguo
deificaban símbolos abstractos como el Arte, la Pobreza, la Senectud
y hasta la Muerte…”
De la importancia que tuvo el pueblo
Tarteso, se deduce la influencia que tuvo en otras culturas de su
entorno: africano, mediterráneo y Oriental.
Las sucesivas invasiones que sufre
Andalucía, suponen una simple influencia política, que marca los
hechos externos, las relaciones impuestas de los conquistadores a los
conquistados, pero que no acaban con los hechos interiores que
definen una cultura, y que viviendo de forma soterrada, fluyen al
exterior cada vez que la libertad lo permite.
“Los hechos políticos –escribe
Infante- pueden ser estimulantes o refrenadores del desarrollo
cultural, pueden ser negadores de la existencia de un pueblo,
privativamente sustentador de una cultura. Hay que distinguir dos
hechos políticos: los interiores de una cultura, fenómenos
expresivos del mismo organismo cultural o de la animalidad del pueblo
del cual forma parte; y los exteriores a ella, originados en el seno
y expresivos de la acción de las culturas extrañas o de la
animalidad del pueblo que la sustenta…”
Tras la decadencia de Tartessos, e
innumerables avatares sufridos por sus descendientes los Turdetanos,
llega la presencia romana a Andalucía. Después de un largo periodo
de resistencia armada frente a los invasores romanos, se llega a un
acuerdo tácito de no agresión. Andalucía reconoce la autoridad
política de Roma a cambio de ser considerada provincia del Imperio,
con las ventajas que ello conlleva, sobre todo en el terreno de
autonomía política y cultural. La influencia cultural romana,
principalmente la lengua, no caló en los andaluces hasta que el
decreto de acceso a la ciudadanía romana, establecía como condición
previa el aprendizaje del latín. La identidad autóctona se mantuvo,
y aunque se asimilaran ciertas formas culturales añadidas, podríamos
afirmar que la Bética, -la más importante referencia cultural del
universo civilizatorio romano- mantuvo sus formas culturales
autóctonas, desarrollando la civilización romana y aportando a la
misma grandes pensadores, poetas, artistas, filósofos, emperadores,
militares, etc.
Desde la decadencia del Imperio Romano
y por lo tanto de la Bética, hasta el inicio de la gran y última
civilización genuinamente andaluza: Al-Andalus, van a transcurrir
trescientos años de estancamiento y oscurantismo cultural y
político, propiciado por la irrupción en el tablero político de
los pueblos bárbaros del Norte de Europa. Roma, para mantener el
control de sus fronteras, concede a estos pueblos la vigilancia de
las mismas, convirtiéndolos en la policía del Imperio. El posterior
desmembramiento de Roma, provoca que estos pueblos se adentren en el
Imperio, tomando el poder político y militar.
Roma, la propagadora de la cultura
griega, encuentra en Andalucía la vieja solera de esta cultura, y
trata con ella de potencia a potencia cultural. Andalucía depende
del senado. La meseta y el Norte del Emperador, o lo que es igual,
del ejercito. Andalucía es libre para desarrollar su cultura.
Confundiéndola con la misma Roma, tiene que resistir la enemiga de
lusitanos y celtíberos. Ella paga a Roma su libertad de expresión
espiritual, dándole los mejores poetas, los mejores filósofos, los
mejores pontífices y emperadores, precisamente los primeros no
latinos, que ocuparon el trono imperial, los más cultos o más
humanos…(Blas Infante)
Desde el año 410, diversos pueblos
germánicos se adentran en la península ibérica, repartiéndose su
territorio. Los Vándalos se asientan en Andalucía. Quince años
dura su presencia en nuestra tierra, hasta que otro pueblo bárbaro,
los Visigodos, hacen su aparición para expulsar a aquellos en nombre
del Imperio Romano. Tras años de continuas escaramuzas guerreras
entre distintos pueblos germánicos, se llega a un período de
relativa calma, -al abrirse una etapa de cierta independencia de las
ciudades turdetanas ya romanizadas- tras la unificación política de
parte del territorio bajo la monarquía visigoda, a partir de la
segunda mitad del siglo V. El levante peninsular, excepto escasos
períodos, no llegó a estar bajo dominio Visigodo, por tener
relaciones de clientela –convenio de protección- con el otro eje
de la política mediterránea, Bizanzio, a cuyos dominios pertenecía
toda la parte Oriental del Mediterráneo, –dato de gran importancia
como ya veremos más adelante- en constante conflicto con los pueblos
germánicos instalados en el mediterráneo Occidental.
Los Bárbaros (los germanos), vienen
por primera vez; establecen en Andalucía su sistema de división y
despojo territoriales, base del feudalismo medieval. Andalucía se
rebela; pero, como siempre, es inconstante en el combatir guerrero.
No sabe, no quiere. Córdoba se subleva. Pronto cae. Sevilla proclama
rey a un bárbaro civilizado, Hermenegildo. Fracasa también. Se lo
llevan cautivo y sigue considerándole como Rey. Detenido el vuelo
cultural propio, Andalucía se hace sincrética ¿San Isidoro?(Blas
Infante)
La historia hasta aquí contada, desde
el punto de vista asimilista se reduce a una sucesión de invasiones
y a la sustitución de unos pobladores por otros –Andalucía es
(para la historiografía oficial) una sucesión y mezcla de
diferentes pueblos: Iberos, griegos, fenicios, romanos y visigodos
(Al-Andalus es una simple anécdota por la reinstauración de las
monarquías cristianas tras la “reconquista” y expulsión de los
moriscos), sin que se diera una población y una cultura autóctona,
es decir, en la historia de Andalucía no han existido los
andaluces.
Pero, cuando profundizamos en la
historiografía oficial a partir del 711, - año en que se produce la
supuesta invasión de los árabes- hasta nuestros días, nos podemos
dar cuenta de que pocas cosas han sido tan manipuladas y falseadas
como la historia que nos han contado las legiones de maestros,
profesores, doctores e investigadores que los sucesivos gobiernos de
España, desde los Reyes Católicos han puesto a disposición de esa
interpretación asimilista de la historia y que sigue asentada en el
actual tejido Universitario español, fuertemente ideologizado, y
cuyo sistema de becas, subvenciones, ayudas a la investigación,
etc., persevera la interpretación asimilista e impide la
investigación en las facetas molestas para la historiografía
oficial.
La penúltima prueba de esta afirmación
–nunca podemos decir la última, pues tienen una gran capacidad
para sorprendernos con nuevas infamias a la verdad y a la razón- fue
la famosa lápida islámica encontrada en Xativa (Valencia) y fechada
en el siglo VII, antes de la supuesta invasión de los árabes. Como
los árabes invadieron España en el año 711 –esto es un dogma que
nos impone la historiografía oficial y que ningún investigador que
pretenda obtener ayudas oficiales, o acceder a un puesto en la
administración, puede negar- la lápida no puede ser del siglo VII,
por lo que el artesano que esculpió la lápida se equivocó de
fecha, ¡un método deductivo muy científico! Y como había que
datar la pieza, la datamos en el siglo XI, justificándolo con la
pueril argumentación de que en el siglo XI –siglo de pleno apogeo
de la civilización islámica en Al-Andalus y zonas de influencia,
donde la astrología y la medición del tiempo era de gran
importancia- los artesanos musulmanes no escribían las centenas ¡En
unas lápidas no se escribían las centenas y en otras si; bravo por
nuestros insignes investigadores!...Esto es solamente un botón de
muestra del proceso de investigación histórica, que por encontrarse
con el muro de los dogmas oficiales, ha tenido que salir de las
universidades y de las instituciones –con la dificultad que ello
conlleva por carecer de medios y de tiempo- para recaer en las
espaldas de personas que por amor a la verdad y a la historia,
invierten su capital y su tiempo en la investigación histórica, con
la libertad del que no tiene que esperar que un jefe de departamento
le apruebe una beca de investigación. Mención especial en este
apartado, hay que hacer del célebre historiador e investigador
español Ignacio Olague, autoexiliado a Francia en los años 70 por
el boicot sufrido en el ámbito académico, y obteniendo en Francia
el reconocimiento que no tuvo en España, siendo nombrado miembro de
la academia de la historia de este país.
En este periodo, -el de los comienzos,
apogeo y decadencia de Al-Andalus- es en el que los dogmas oficiales
más se radicalizan y más burdamente se muestran como consignas
ideológicas, más que como hechos históricos avalados por fuentes
fidedignas. Así, nos cuentan una fantástica invasión de árabes
llegados de los desiertos de Arabia, que en el año 711 invaden
España al mando del terrorífico Tarik y que en solo tres años
conquistan toda la península. Los cristianos expulsados por los
“moros” se reorganizan, iniciando la llamada “Reconquista”
que culmina con la Toma de Granada en el año 1.492. Posteriormente,
se decreta la expulsión de los moriscos y la repoblación de los
territorios reconquistados con castellanos y gallegos,
principalmente.
Como leyenda, puede resultar
entretenida, y hasta se podría alabar la imaginación de los
autores, si no fuera porque estas leyendas las han convertido en
dogmas de fe, indiscutibles, y sobre los que se han montado toda la
historiografía oficial, encaminada a dar “cobertura científica”
a los intereses del Estado que surge de la conquista cristiana de
Al-Andalus y que todavía perdura. Como Nación-Estado, España
necesitaba una historia única para todo su territorio, un Estado, un
Rey y una Religión. La historia, escrita por los vencedores de las
cruzadas contra los andaluces, tiene como objetivo justificar la
agresión violenta contra Al-Andalus, las pragmáticas contra sus
costumbres y sus ritos espirituales, de fortalecer la idea de la
unidad de España, fundamentada en un supuesto estado visigodo,
heredero de Roma, en cuyo seno ya existía esa unidad
político-religiosa que la reconquista vino a reponer.
La realidad fue muy diferente: un
invento promovido por la iglesia católica, para justificar su
derrota militar e ideológica ante los cristianos “unitarios”,
seguidores del arrianismo que predicó Prisciliano en el siglo IV,
así como encubrir la conversión voluntaria y el paso desde el
sincronismo islamo-cristiano de los “unitarios” –versión
cristiana, mayoritaria en Andalucía- al Islam.
El último de los dogmas, la expulsión
de los moriscos y la repoblación, decretaba oficialmente la unidad
católica de España, ya sin “moros”, e inculcaba a la población
andaluza la idea de pertenencia a la clase colonizadora en el
conflicto contra el “moro”, al que termina odiando como exponente
de todos sus males. Con la Identidad borrada, se habían evitado las
numerosas sublevaciones que acaecieron desde la conquista hasta el
siglo XVIII. Los siguientes conflictos, tendrían la misma raíz,
pero con la identidad perdida, sin conciencia del origen del
conflicto, una vez asimilada su Identidad a la del invasor.
La verdad de esta historia, la irán
desgranando historiadores e investigadores como Bernand Vincent,
Domínguez, Américo Castro…hasta llegar a Ignacio Olague, que
desarrolla una investigación multidisciplinar en torno a los
acontecimientos mundiales y locales, originados desde el siglo VII,
-Muhammad recibe la revelación, iniciándose la era Islámica- hasta
el IX, siglo en el que la civilización Islámica está asentada en
Andalucía, e inicio real de Al-Andalus.
Para entender lo que ocurre en
Andalucía en el siglo VIII, nos tenemos que remontar varios siglos
atrás en la historia, concretamente al año 325, en que el emperador
del Sacro Imperio Romano, Constantino, convoca un concilio en la
ciudad de Nicea para zanjar las disputas teológicas que enfrentaban
a diversas sectas del cristianismo, perturbando la convivencia y la
estabilidad del Imperio y poniendo en peligro su unidad.
En este concilio, el emperador
Constantino decreta la secta Católica como la oficial del Imperio,
imponiendo entre otros dogmas el de la Trinidad, mientras que se
confirma la excomunión de su competidor, el obispo de Alejandría
Arrio. Varias décadas después, las ideas que Arrio había predicado
en Oriente: negación del dogma de la Trinidad, sólo existe un Dios
Único, Jesús no es hijo de Dios, solo un profeta, nombramiento de
mujeres para la dirección del culto etc. van a ser propagadas por
Prisciliano en la Península Ibérica, especialmente en Galicia. La
rápida propagación de las teorías de Arrio, a través de
prisciliano, tuvieron una rápida acogida, lo que produjo fuertes
tensiones en el campo Teológico, que rápidamente pasaron a
enfrentamientos físicos. En el año 385 en la ciudad de Tréveris,
el emperador Máximo, hace acudir a Prisciliano para defenderse de la
acusación de hechicería, lanzada por sus adversarios católicos. En
el juicio, en el que predominaron intereses políticos y clericales,
fue condenado a pena de muerte. Le cortaron la cabeza, siendo el
primer ejecutado por herejía en la historia de la cristiandad.
Sus restos, reposan en la Catedral de
Compostela, en la tumba que años más tarde, y a consecuencia de
otros intereses políticos, fue “asignada” a Santiago Matamoros.
Las ideas de Arrio, contrariamente a lo esperado por sus enemigos
católicos, se afianzaron tras la ejecución de Prisciliano, hasta el
punto, de que en el año 460, toma el poder en la península el
monarca Godo Eurico, convirtiéndose al arrianismo.
Con la llegada al trono godo de
Recaredo, en el año 587, cambia el mapa político de la península.
Recaredo, por conveniencia y alianzas políticas, abjura del
arrianismo, convirtiéndose al Trinitarismo católico. Es decretada
la prohibición del culto arriano, sufriendo estos una brutal
persecución por parte de la oligarquía goda y del clero católico,
con el resultado de robos, violaciones, asesinatos, esclavitud, etc.
Esta situación de represión
religiosa, dura hasta el 702, año en que Vitiza sube al trono,
tomando una serie de medidas, encaminadas a restablecer la paz social
y a asegurar la estabilidad del reino: concede una amnistía a los
perseguidos religiosos, les restituye sus propiedades y convoca el
XVIII concilio de Toledo, cuyas actas –importantísimas para el
estudio de ese período histórico- jamás fueron encontradas,
posiblemente –en opinión de la mayoría de historiadores- por ser
contrarias a los intereses de la ortodoxia católica.
A la muerte de Vitiza , se agrava el
conflicto sucesorio. El sucesor natural de Vitiza, su hijo Achila,
era menor de edad, circunstancia que aprovecha la nobleza y el clero
católico para nombrar rey a Don Rodrigo, afín a sus intereses. La
consecuencia de este nombramiento, es una guerra civil entre los
partidarios de Rodrigo –católico- y los que defendía la sucesión
de Achila, hijo de Vitiza, por considerarlo heredero legítimo
–mayoritariamente arrianos-.
En esta situación de guerra civil y de
descomposición del estado visigodo se encontraba la península
Ibérica cuando nos acercamos al año 711. El control del ejercito
visigodo de la Bética, lo mantenía un general fiel a Vitiza,
Rechescindo, antiguo tutor de Achila, hijo de Vitiza. Fallece en una
escaramuza con los partidarios de Rodrigo, lo que le permite a este
entrar en Sevilla sin oposición. En esta situación de
desesperación, los partidarios de Achila, piden ayuda a sus
correligionarios de la provincia visigótica de Tingitania (actual
Tánger), cuyo gobernador, Taric, había sido nombrado por Vitiza,
siendo fiel a la causa arriana. El “árabe” Taric, seguramente
Godo, tal como nos indica la terminación de su nombre: “ic” -en
lengua germánica significa “hijo de”-, a la llamada de los
seguidores de Achila, cruza el estrecho con un ejercito compuesto
principalmente por bereberes. Las tropas de Taric, no se encuentran
con oposición a su llegada a las costas andaluzas, por ser esperadas
por la población, mayoritariamente arriana, para la lucha contra el
que consideraban había usurpado el trono visigodo.
Pero hay un bárbaro andaluzado. Aquí
tenía sus propiedades. Aquí educó a sus hijos. Tal vez corría
sangre andaluza por sus venas. Este bárbaro era humano y utópico.
Una de las más grandes figuras de la historia. Como Akenatem, como
Evilmorac o Asoca. Se nombraba Vitiza. Protege a los judíos que
desde los tiempos de Tartessos inundaban a Andalucía. Ordena
convertir las armas en instrumentos de labranza, derrumba fortalezas,
desobedece a los concilios de los obispos, permite el matrimonio
entre los clérigos…Los bárbaros reaccionan. Triunfa la reacción,
y Cristo germanizado (clave esta fórmula de la historia medieval),
vuelve a reinar con Rodrigo. Por poco tiempo. ¿Qué hacer? Andalucía
es la Cava. La Cava, la mala mujer, es el símbolo de Andalucía,
profanada por la barbarie. Legiones raudas y generosas corren el
litoral africano predicando la Unidad de Dios. El “Arroyo grande”
que dijo Abu-Bekr, las separa de Andalucía…Esta les llama. Ellos
recelan. Vienen: reconocen la tierra y encuentran a un pueblo culto
atropellado, ansioso de liberación. Acude entonces Tarik (¡ 14.000
hombres solamente !) Pero Andalucía se levanta en su favor. Antes de
un año, con el solo refuerzo de Muza, ( 20.000 hombres), puede
llegar a operarse por esta causa la conquista de España. Concluye el
régimen feudalista germano. Hay libertad cultural. Andalucía entera
aprende el árabe y dice que se convierte. Poco después, Andalucía,
¡Andalucía libre y hegemónica del resto peninsular! ¡Lámpara
única encendida en la noche del medievo, al decir de la lejana
poetisa sajona Howsrita!(Blas Infante)
En este texto de Blas Infante, podemos
ver la sorprendente interpretación que nos muestra de la ‘invasión
árabe’, sobre todo si tenemos en cuenta la carencia de fuentes y
de estudios sobre el tema. Infante interpreta la ‘invasión árabe’,
a contracorriente, negando la interpretación oficialista de la
‘invasión’ que somete a la península por la fuerza de las
armas, y presentándola -con una increíble similitud con las tesis
que Olague desarrollara cincuenta años después- en el contexto de
las luchas internas Visigodas, y en la similitud de creencias entre
los andaluces –arrianos- y sus hermanos del norte de África que ya
“recorren el litoral africano predicando la Unidad de Dios”. Para
Infante, la conquista de la península Ibérica, no se produce como
consecuencia de la invasión de los árabes, pues con 14.000 hombres
en una primera oleada y 20.000 después, es imposible someter a una
población de varios millones de habitantes. La conquista se produce
–según Infante- por la ayuda que estos árabes prestan a los
andaluces en su lucha contra el ‘régimen feudalista germano’.
Las posteriores leyendas de la batalla
de Guadalete y la traición del Conde Don Julián, no son más que
eso, leyendas, al igual que la muerte de Rodrigo, muerto en la
batalla de Guadalete según la leyenda. Es mucho más probable que
huyera hacia la Lusitana en busca de refugio, pues según el abate
Antonio Calvalho da Costa en su “Corografía portuguesa”, en
Viseu, existía una sepultura con la inscripción “aquí yace
Roderico, rey de los godos”.
La leyenda, convertida en fuente de la
historia y en dogma posteriormente, nace de las “fuentes” árabes,
concretamente de la obra titulada “Ajbar machmua”, cuya
traducción es: “historias de oídas” y escrita después de más
de trescientos años desde los supuestos hechos –según levy
Provençal y L. Molina-, a instancias de la casa real cordobesa, con
el objeto de legitimar la dinastía Omeya, emparentándola con los
Omeya de Damasco y justificando su llegada a Al-Andalus con una
historia copiada de otras que circulaban por el espacio de influencia
de Al-Andalus. Las historias son las mismas, cambiando los nombres de
lugares y de personas. En aquella época, era importante tener un
apellido que emparentara con la familia del profeta Muhammad o con
alguna otra de prestigio en el mundo islámico. En Al-Andalus, era
muy frecuente falsificar el nombre para legitimar la ascendencia.
Incluso la propia familia real falsificó el suyo: Abderrahman III
era pelirrojo de ojos azules, al igual que la totalidad de su
familia, nada parecido a un árabe de Damasco; más bien pudiera ser
un descendiente de la minoría Visigoda que se mantuvo en el poder.
No hubo invasión de ejércitos árabes.
La realidad, es otra bien distinta. En el siglo VII se produce un
movimiento revolucionario que va ganando adeptos en Oriente y que
empieza a extenderse por todo el mundo. Las lápidas encontradas en
Xativa, fechadas en el S.VII, -y otras más encontradas en otros
lugares y fechadas en el mismo siglo, según fuentes universitarias-
demuestran que el Islam llega a la península Ibérica directamente
desde Oriente, posiblemente a través de la costa mediterránea no
sometida a la monarquía visigoda y que mantenía relaciones
comerciales y de clientela –protección- con el Imperio Bizantino
de Oriente. El proceso de asimilación de las nuevas ideas y los
nuevos ritos, es lento, progresivo, pasando por una primera etapa de
sincretismo con el arrianismo hasta llegar a las formas de culto
islámicas y a unas formas sociales islamizadas: deslatinización,
adopción del idioma árabe y arabización de los nombres.
Estamos en un período de
descomposición del Estado Visigodo, producido por una guerra interna
entre andaluces, mayoritariamente arrianos y el resto del Estado
Visigodo, oficialmente católico. Al independizarse la Andalucía
arriana del resto del Estado Visigodo, sus relaciones naturales
fueron con el Imperio Bizantino, cuya influencia va pasando de la
zona costera mediterránea al resto de Andalucía. Con esta
influencia, llegan también las nuevas ideas, las ideas-fuerza que
las llamara Olague, siendo asumidas paulatinamente por la población
arriana andaluza por la similitud de creencias: un solo Dios,
negación del dogma de la Trinidad, supresión del clero, Jesús no
es Dios, es profeta, etc. Estas similitudes facilitan el sincronismo
primitivo y la siguiente asimilación del arrianismo al Islam, no
encontrándonos una Andalucía arabizada e islamizada hasta el siglo
IX.
Es curioso, que los interpretes
oficiales de la historia, solo hayan tenido en cuenta las fuentes del
Ajbar Machmua y las derivadas de este, tanto las árabes como las
cristianas, sin darle importancia a la historia de la Iglesia
católica y a los documentos generados por esta: concilios, obras
escritas por miembros de la jerarquía eclesiástica y
correspondencia cruzada entre estos. No existe entre estos textos, la
más mínima mención a la herejía islámica o a la nueva religión
en todo el siglo VIII y mitad del IX. ¿Cómo es posible que las
autoridades eclesiásticas no se hubieran percibido de la invasión
de unos árabes que impusieron una nueva religión?
En este apartado, hay que hacer una
referencia especial a San Eulogio. Miembro de una familia acomodada
que vivió en Córdoba en la primera mitad del Siglo IX. Al regreso
de un viaje a Navarra (849-850) y ante la difusión que tuvieron las
herejías unitarias en Andalucía, se le ocurrió combatirlas
predicando el martirio a las vírgenes cristianas de Córdoba, en la
creencia de que la sangre vertida podría detener el proceso de
islamización que se estaba engendrando en su ciudad. Las revueltas
populares que el martirio de las vírgenes sacrificadas causaron,
llevaron a la autoridad política a hacerle responsable de la
alteración del orden público, siendo encarcelado por estos motivos.
La fama alcanzada por sus escritos, hace que sea nombrado Arzobispo
de Toledo, no pudiendo ocupar el cargo por haber sido condenado por
la justicia del sultán cordobés y encontrarse encarcelado. Más
tarde, Alfonso III consigue que Abderrahman II, monarca de
Al-Andalus, le permita trasladar el cuerpo de San Eulogio hasta
Oviedo. El cuerpo iba acompañado de manuscritos con las obras del
escritor, reproducidas en vida de este, las cuales se conservan en la
biblioteca de la catedral de Oviedo. Entre estos documentos, se
encuentra el “Apologeticum martyrium”, escrito en 857, donde
relata su viaje a Navarra, dando cuentas del hallazgo que hizo en la
biblioteca del Monasterio de Leyre: un opúsculo que reseña una
biografía de Mahoma. Los pormenores de este viaje, son conocidos por
la biografía que Álvaro escribe de San Eulogio y por la carta que
este escribe al obispo de Pamplona a su regreso a Córdoba, por lo
que no hay duda de su autenticidad y del año en que fue escrita.
Alojado San Eulogio en el Monasterio de
Leyre, hizo un gran descubrimiento en la biblioteca de este
monasterio. El mismo lo relata de la siguiente forma:
“Cuando últimamente me hallaba en
la ciudad de Pamplona y moraba en el monasterio de Leyre, ojeé todos
los libros que estaban allí reunidos, leyendo los para mí
desconocidos. De pronto descubrí en una parte cualquiera de un
opúsculo anónimo la historieta de un profeta nefando”.
Se trataba de una biografía del
profeta Muhammad. La lectura de esta biografía de un profeta
desconocido para él, le produjo tal sensación, que se vio en la
necesidad de compartir el hallazgo con sus correligionarios, los
intelectuales católicos Juan Hispalense y Álvaro de Córdoba. Juan
Hispalense, que seguramente había recibido la carta antes que
Álvaro, escribía a este, remitiéndole un extracto de la biografía
de Muhammad, para hacer partícipe a Álvaro del extraordinario
descubrimiento que su amigo común, Eulogio, había encontrado en
Leyre. Estas cartas, fueron intercambiadas entre los años 849 y
851.
Estos aspectos de la historia, ya
empiezan a ser reconocidos por la historiografía oficial, ante la
rotundidad de los argumentos expuestos a favor de las tesis de la no
invasión de los árabes; pero la historia no acaba aquí, pues en el
año 1.610 se decreta la expulsión de los moriscos –también se
reconoce la barbarie del genocidio- y con la posterior repoblación,
tenemos una población Castellana y Gallega en Andalucía. Nada más
lejos de la realidad… la salida de moriscos de Andalucía, fue
mínima, como lo atestiguan numerosos historiadores. Un caso muy
llamativo del fracaso de esta expulsión, lo tenemos en la carta que
envía el Conde de Salazar –designado por el rey Felipe III para
llevar a cabo las tareas de expulsión de los moriscos en el reino de
Castilla, tarea que cumple con gran celo, enviando la siguiente carta
al rey tras su fracaso:
Carta del Conde de Salazar a S.M.
Fecha en Madrid a 8 de agosto de 1.615
Señor:
En un papel del Duque de Lerma del
31 del pasado me manda Vuestra Majestad que vaya dando cuenta del
estado que tuviere la expulsión de los moriscos por que tenga efecto
lo que está hecho y, aunque yo he quedado con mucha menos mano en
esto que la que Vuestra Majestad mandó que tuviese cuando la
ejecución de esta obra se remitió a las justicias ordinarias,
siempre he dado cuenta a Vuestra Majestad de lo que en esto se ha
ofrecido a que nunca se me ha respondido, así entendía que Vuestra
Majestad tenía más ciertos avisos por otros caminos que ha sido
causa de no haber yo dado cuenta de lo que tengo entendido por
relaciones muy ciertas. En el Reino de Murcia, donde con mayor
desverguenza se han vuelto cuantos moriscos salieron, por la buena
voluntad con que generalmente los reciben todos los naturales y los
encubren los justicias, procure que se enviase a Don Gerónimo de
Avellaneda, que fue mi asesor, como se hizo cuando su Majestad mandó
que llevase instrucción mía de lo que había de hacer por la mucha
plática que de aquel reino yo tenía, el consejo no quiso admitir
esta instrucción y diole otra tan corta que aunque fue e hizo lo que
pudo, no hizo nada, ya que se han vuelto los que expelió, y los que
se habían ido y los que dejó condenado a galeras acuden de nuevo a
quejarse al consejo de toda Andalucía por cartas del Duque de Medina
Sidonia, y de otras personas se sabe que faltan por volverse solo los
que han muerto en todos los lugares de Castilla la Vieja y la Nueva y
la Mancha y Extremadura, particularmente en los de señorío se sabe
que vuelven cada día muchos y que las justicias los disimulan; una
cosa es cierta, y es que cuanto a que Vuestra Majestad mandó remitir
la expulsión a las justicias ordinarias no se sabe que hayan preso
ningún morisco ni yo he tenido carta ninguna de ellas; las islas de
Mallorca y de Menoría y las Canarias tienen muchos moriscos así de
los naturales de las mismas islas como de los que han ido expelidos,
en la corona de Aragón se sabe que fuera de los que se han vuelto y
pasado de los de Castilla hay con permiso mucha cantidad de ellos y
la que con las mismas licencias y con pruebas falsas se han quedado
en España son tantos que era cantidad muy considerable para temer
los inconvenientes que obligó a Vuestra Majestad a echarlos de sus
Reinos, a lo menos el principal inconveniente, que es el servicio de
Dios, se ha mejorado un poco pues de la cristiandad de todos los que
digo que hay en esta corona se puede tener tan poca seguridad.
La jurisdicción que me ha quedado,
es solo responder a las justicias ordinarias las dudas que me
comunicaren y hasta ahora ellos no tienen ninguna de que les está
muy bien dejar estar los moriscos en sus jurisdicciones, así nunca
me han preguntado. Vuestra Majestad según todo esto mandará lo que
más convenga a su servicio que la relación que yo puedo dar a
Vuestra Majestad, cumpliendo con lo que manda, es la que he dicho.
Con lo que su Majestad me mandó
responder a la consulta de los moriscos de Tánger me a obligado a
darle cuenta del mal estado que tiene la expulsión de los moriscos
por los muchos que cada día se vuelven y por los que han dejado de
expelerse, que todos juntos es una cantidad muy considerable; yo
habré cumplido con esto con mi obligación y con lo que su Majestad
mandó, y holgaré mucho que su Majestad tome la decisión que
pareciese que más conviene; una sola cosa aseguro a su Majestad y es
que si convino echar a los moriscos de España, después de haberlos
echado no conviene dejarlos volver a ella contra la voluntad de su
Dueño y que con hacerlo queda deslucida la mayor obra que nunca se
ha hecho y se falta al servicio de Dios a quien esta gente no conoce
sino para ofenderle. Guarde Dios a Vuestra Majestad los años que
deseo”.
Bernard Vincent, respecto a la
expulsión de los moriscos nos cuenta de esta forma la expulsión y
la posterior repoblación:
“Son muchos los cronistas e
historiadores de la época, que escriben sobre la permanencia de gran
número de moriscos en Andalucía y en toda la península.
Bernard Vincent, nos dice con respecto
a la llamada repoblación del último territorio musulmán, el reino
de Granada:
“…las gentes del Norte, apenas
si acudieron, exceptuando un gran contingente de gallegos de la
región de Orense que no pudieron resistir las terribles condiciones
en que se efectuó el traslado. La repoblación fue un asunto entre
vecinos. Los grupos más numerosos procedían de las actuales
provincias de Córdoba y Jaén, venían después de Murcia, Sevilla,
Valencia y Ciudad Real, sin olvidar a los hombres procedentes del
reino de Granada, que representan del 10 al 15 por 100 del total. De
esta situación, fuese necesario dar una mayor elasticidad a los
reglamentos y admitir no solo a granadinos, sino también a solteros
e incluso a adolescentes hijos de repobladores, a los que se
emancipaban urgentemente. Se traicionaba de este modo el ideal, y los
responsables de esta operación, desilusionados, observaban cómo ‘
la escoria’ de España invadía el reino de Granada…”
¿Acaso esos repobladores venidos de
toda Andalucía, Murcia, Valencia, etc, no son ellos mismos moriscos
y por lo tanto hijos de conversos, con ganas de cambiar de vida y de
residencia y escapar de ese mundo de miseria al que estaban
sometidos?
Conclusiones:
Hacia la mitad del siglo IX, la
jerarquía eclesiástica andaluza, desconocía la existencia del
Islam. No se habían enterado de la invasión de los árabes en el
711, no se habían percatado de que cinco veces al día, los
almuecines de las mezquitas cordobesas llamaban a la oración a los
fieles del Islam. Su preocupación no era el Islam, -no lo conocían-
sino el judaísmo, el arrianismo, otrás herejías cristianas y el
ateismo, pero no el Islam, del que no se hace mención en ningún
documento eclesial hasta las cartas de Eulogio en el año 849
aproximadamente, en las que muestra su perplejidad ante el
descubrimiento de una nueva religión.
La Islamización en Andalucía, fue un
fenómeno posterior a la arabización de las costumbres y del
lenguaje. El proceso no fue igual en todo el territorio andaluz,
siendo más tardío en la zona Occidental, como lo demuestra la
política cultural de Abd al Ramán II y sus esfuerzos por acelerar
el proceso. Fue en la Andalucía Oriental, donde el fenómeno se
consolidó de forma más rápida, debido a los intercambios
comerciales y culturales que desde estos puertos se realizaba desde
que surge el fenómeno en Arabia. El lento proceso del sincretismo
arriano al musulmán, hizo que el fenómeno quedara oculto para los
líderes católicos, hasta que Eulogio alerta a sus correligionarios
de que algo estaba pasando.
En este punto de la historia de
Andalucía, nos encontramos con Al-Andalus, visible al mundo. La
ruptura del Estado Visigodo, y la nueva reestructuración social,
política y económica que traen las ideas revolucionarias llegadas
de Oriente, junto a la recuperación de la libertad de pensamiento
que había caracterizado a Andalucía desde épocas remotas,
aglutinadas por el ‘genio’ andaluz, provocan el afloramiento de
una cultura que será –en palabras de Infante- “foco cultural”;
La fuerza gravitatoria del Universo cultural mundial, gira en torno
al núcleo cultural andalusí. Al-Andalus exporta su cultura tanto a
Oriente como a Occidente, siendo el germen de futuras culturas, como
por ejemplo el “Renacimiento Europeo”, hijo de Al-Andalus, como
lo demuestran los estudios de Asín Palacios –al que Infante tanto
admiró- , o Juan Vernet en su obra “Lo que Europa debe al Islam de
España”.
Europa germánica, es un
anfictionado, bárbaro, inspirado por el pontífice de Roma. “Nadie,
ni aún los nobles, exceptuando al clero, sabía leer y escribir. En
Andalucía todo el mundo sabía”. No hay manifestación alguna
cultural, que en Andalucía libre o musulmana, no llegase a alcanzar
una expresión suprema. No puede llegar a existir una economía
social que asegure mayor fuente de bienandanza. “Los más
deliciosos frutos estaban de balde. El comercio era tan poderoso, que
bastaban los ingresos aduaneros para cubrir los gastos públicos y
mantener repletas las cajas del Estado”. ¡Y las artes! Andalucía
canta; y su música se propaga deleitando a todos los pueblos del
continente. Pero Europa, tiembla de envidia; se consume de rencores.
Ella es cristiana. Andalucía con nombre Islámico, es
librepensadora. “Sigue sin poder llegar a ser bélica. Los
ejércitos mercenarios destruyen el imperio andaluz, y en su lugar se
crean pequeños reinos, que eran otras tantas academias presididas
por los príncipes”. Más florece aún la cultura de Al-Andalus. El
anfictionado de Andalucía está compuesto de pueblos de poca
extensión territorial, unidos por el mismo espíritu. ¿Qué importa
la unidad política imperialista?. Ya lo dijo Byron: Dios, como los
cosecheros, no sirve en copas grandes el licor concentrado, rico en
esencias… Europa, entonces precede al Japón. Como este, viene a
aprender a nuestras Universidades. Traduce nuestros libros y prepara
con la ciencia andaluza su renacimiento. Todos sus grandes hombres,
teólogos, filósofos, médicos, poetas, son discípulos de
Andalucía. Pero la odian. ¡No es cristiana! Y nuestras invenciones
sirven de recursos a Europa contra nosotros.
(Blas Infante)
Los reinos cristianos del Norte, no
veían con buenos ojos una Andalucía ‘Unitaria’ –arriana en
principio y musulmana después- ni la hegemonía política y
comercial que esta había alcanzado, por lo que estos reinos, unidos
en torno al ‘Papado’ de Roma, deciden las cruzadas contra
Al-Andalus, con la cristiandad como elemento aglutinador frente al
‘unitarismo’ andalusí.
Antonio Medina Molera, precursor del
‘moderno’ nacionalismo andaluz, al desarrollar ideológicamente
la fundamentación de Andalucía en la visión Orientalista de
Al-Andalus, allá por los años 70 y 80 del pasado siglo, y
rescatando autores como Ignacio Olague –por entonces marginado y
con sus obras secuestradas- nos da la línea interpretativa de la
historia andaluza, así como nos facilita la comprensión de Infante,
al desplegar los argumentos de un Infante ‘Orientalista’. En su
trabajo “Origen de la Identidad y Causa Morisca”, nos ofrece la
visión –excelentemente argumentada- del origen de las Cruzadas
contra Al-Andalus:
“va a ser en el año 777 cuando
Carlomagno, aliado con Roma inicia la primera guerra contra los
musulmanes de Al-Andalus y los otros pueblos arrianos o unitarios de
la Península Ibérica. Carlomagno conquista Pamplona y pone sitio a
Zaragoza. La ayuda de los andaluces que recibe esta ciudad, obliga a
Carlomagno a levantar el sitio y regresar a Francia. En la huida
sufre el ejército franco una grave derrota, infligida por los
andaluces y vascos en el desfiladero de Roncesvalles. Posteriormente
los andaluces se dirigen a Narbona para liberarla, lo que induce a
Carlomagno a una nueva guerra y sucesivos pactos con los andalusíes
para establecer la Marca Hispánica, origen del condado franco de
Cataluña. El año 800 el papa León III corona emperador a
Carlomagno con la fórmula Romanum gubernans Imperium. Bajo
Carlomagno surge la iglesia imperial franca-romana. La actitud
religiosa del emperador y el papa está totalmente condicionada por
intereses políticos y expansionistas, apoyándose mutuamente en una
política de cristiandad ya que la apuesta por la catolicidad era a
su vez una apuesta por el neoimperialismo romano. Con la fórmula
dogmática de la trinidad, Carlomagno y el papa pretendían
uniformizar y perpetuar el imperio romano, ahora franco-católico,
pretendiendo someter a los diferentes pueblos y culturas: eslavos,
alamanes, germanos, ibéricos, etc. a una misma ley y religión del
imperio. La principal oposición a este proyecto
imperial-expansionista la encontraron en los diferentes pueblos de la
Península Ibérica. La civilización unitaria había sido siempre de
gran significación en la historia e identidad de los pueblos
ibéricos. Escribe Menéndez y Pelayo: “Es insignificante el número
de “divinidades” que puede decirse indígena de los íberos”.
Agustín de Hipona asigna a los andaluces (turdetanos y antiguos
íberos) la tradición unitaria. En su obra “La ciudad de Dios”,
capítulo IX del libro séptimo, les atribuye la noticia de un dios
único, autor de lo creado..., impersonal, inimaginable,
incorruptible; en definitiva, toda una epistemología unitaria a cuya
noticia habían llegado estos pueblos ibéricos, según Agustín de
Hipona, gracias a las enseñanzas de sus profetas y sabios. Todo ello
daría lugar a que el arrianismo en Andalucía, Valencia y Vasconia,
junto al priscilianismo en Galicia, se convirtieron en una
expectación favorable a la transmisión del Islam como madurez y
universalidad profética. El Islam iba creando un universo, no
exclusivista, de pueblos y culturas. Una civilización plural que
hizo emerger a la mujer y al hombre de la mera suficiencia,
procurándole la armonía entre la realidad plural y la conciencia
unitaria; entre la persona y la comunidad, entre los pueblos, las
diversas culturas y la Umma o nación universal sin fronteras, en
abierto diálogo entre civilizaciones. La Humanidad conoció una de
sus grandes épocas de esplendor.
Entre tanto, la concepción que
Carlomagno y el clero católico tienen del imperium es una mezcla
entre la tradición cesárea y la concepción germánica de la
monarquía sacerdotal influida por el pensamiento agustiniano de la
civitate dei. La dignidad imperial la otorga ahora el papa de Roma en
calidad de translator imperii o suma autoridad. Carlomagno reivindica
el derecho a dirigir también los asuntos eclesiásticos: preside los
sínodos, establece el diezmo eclesiástico, la creación de
circunscripciones metropolitanas (12 arzobispados francos, 5
italianos y 4 alemanes), además de parroquias autónomas en las
zonas rurales. Podemos observar cómo todavía en el año 814 la
iglesia católica no disponía de ninguna circunscripción
metropolitana en toda la Península Ibérica, es decir, no había una
población y tradición católica significativa.
El emperador católico Carlomagno
fomenta la uniformización de la liturgia de acuerdo con el rito
romano; se reserva la potestad de nombrar a laicos de su total
confianza como obispos y abades, transformándolos en funcionarios
encargados de la expansión del imperio junto al cristianismo
católico. Se inicia pues una política abierta de cristianización y
guerra de cruzada contra los pueblos ibéricos.
Los monasterios se convierten en
auténticos caballos de Troya en las diferentes marcas de la
Península. Se declara obligatoria la regla benedictina para todos
los monasterios dependientes del imperio franco. En los siglos X y
XI, frente al proceso de secularización de la vida monástica
católica, como consecuencia del enorme poder feudal de esta iglesia,
y ante la reivindicación de los señores feudales laicos que
pretendían jurisdicción sobre los conventos situados en sus
dominios, se origina el movimiento cluniacense, que irradia de las
abadías de Cluny –fundada en el 910- y de Gorze. Propugna la
protección exclusiva del papa y no la del obispo o señor, la
implantación de una estricta disciplina y el reforzamiento de la
autoridad del abad. Cerca de 200 monasterios pasan a formar una
congregación bajo la obediencia del abad francés de Cluny. Era la
mejor organizada y disciplinada quinta columna al servicio del
expansionismo franco-romano. Desde Pelayo (718-737) y Alfonso
(739-757) se repuebla Asturias de francos, fortificándose los puntos
fronterizos con las avanzadas de los andaluces, que en el 794-95
saquean Asturias. Navarra mantiene su independencia entre andaluces y
francos. La provincia gala de la Septimania-Narbonense es
administrada por los andaluces, que son rechazados en la batalla de
Poitiers (732). La Septimania es incorporada al reino franco por
Pipino el Breve, veinticuatro años más tarde. Carlomagno (768-814),
emperador de los francos, conquista los territorios peninsulares al
norte del Ebro y los anexiona al imperio franco, fundando y
repoblando de francos los condados de Castilla, Aragón, Sobrarbe,
Ribagorza y Pallars; además de los condados catalanes de la llamada
marca hispánica. Las repoblaciones masivas de francos –franceses-
tienen lugar entre los años 801 con la conquista de Barcelona y el
897 que con el franco Wifredo I el Velloso, lleva la conquista hasta
la línea del Llobregat, forzando a la población ibérica de esta
parte de la antigua tarraconense a convertirse al catolicismo. De
esta forma los francos conquistan y anexionan a su imperio toda la
cornisa cántabra junto a los Pirineos, y para mantener este pasillo,
a modo de contrafuego contra el Islam y las aspiraciones de
libertades e independencia que con la administración andalusí
habían logrado los diferentes pueblos ibéricos, se va a urdir el
montaje de la tumba de Santiago de Compostela. Es a partir de Alfonso
II el Casto con la invención del “descubrimiento” del cuerpo de
Santiago en Compostela, cuando los reyes francos hacen un uso
político de este camino para unir el norte peninsular con el imperio
franco, lo mismo que crearán otro hacia Roma con el mismo fin. El
rey Alfonso preocupado por la reestructuración del reino leonés
siguiendo los cánones del imperio Carolingio y necesitando también
vencer las resistencias con los unitarios de Al-Andalus, va a
utilizar el camino de Santiago como una barrera con el centro y sur
peninsular, haciendo de este apóstol el símbolo permanente de la
lucha contra el Islam. La sociedad leonesa se ha convertido ya en
tiempos de Alfonso II en una monarquía franco-católica, que empieza
a desarrollar el mito de la “Hispaniam cristiana”, configurando
en torno al supuesto sepulcro de Santiago todo su montaje ideológico.
Más tarde, la monarquía aragonesa hará otro tanto de lo mismo,
tomando el otro símbolo “santiaguista”: un supuesto pilar sobre
el que una supuesta virgen se apareció a un supuesto apóstol. Y,
hasta el siglo XVII llegará el último intento de violentar
territorios y poblaciones a través de una política expansionista de
cristiandad fundamentada en “Santiago Matamoros”. Incluso la
fracción morisca moderada intentará evitar la marginación de las
poblaciones musulmanas sacando a la luz en el Sacromonte granadino
las revelaciones de San Cecilio, discípulo ¡cómo no! de aquel
supuesto Santiago. El reino leonés es cristiano trinitario,
fundamentalmente porque el camino de Santiago lo une al imperio
franco-romano. Sin embargo, existe demasiada evidencia del
colonialismo franco para que nazca todavía la idea de unidad de un
pueblo hispano-cristiano y sobre todo, la ideología de reconquista.
En al argumento, fácilmente se ha
introducido una falacia: la de que el enfrentamiento que se produce
en la península era entre cristianos indígenas y supuestos árabes
extranjeros, y la de identificar a estos cristianos franceses que han
constituido el reino de Castilla en el siglo XI, con los unitarios de
la administración visigoda en el siglo VIII. La búsqueda de esta
identificación era algo que se perseguía desde hacía tiempo, y en
este propósito es donde se produjo la petición forzada al Emir
Taifa de Sevilla Al-Mutadid del cuerpo de San Isidoro de Sevilla para
que fuera trasladado a León en tiempos de Fernando I, padre de
Alfonso VI. Poco después, con el oro que proporcionan las parias que
pagan los reinos de Taifas musulmanes, se construyen las Basílicas
de Santiago de Compostela y de San Isidoro de León, convertidas en
símbolo de una reconquista que oculta un nuevo expansionismo francés
en la Península.
Los franceses que administran
Castilla se adueñan del concepto geográfico de Hispaniam, en
detrimento de Al-Andalus, pero, en realidad, en detrimento de todos
los pueblos de la Península Ibérica. De un concepto geográfico (la
Hispaniam romana) se elabora un concepto político expansionista con
el apoyo de la iglesia romana, que a partir del siglo XII es el
principal agente de esta ideología de cristiandad, transformando en
concepto de pirámide imperial franco por otro de pirámide
monárquica hispánica, usando como apoyo y legitimación ideológica
las palabras de cruzada de los pontífices: “No es contrario a la
fe católica exterminar y perseguir a los sarracenos (musulmanes),
pues, a ejemplo de lo que se lee en el libro de los Macabeos, los
cristianos no pretenden adueñarse de tierras ajenas sino de la
herencia de sus padres, que fue injustamente poseída por los
enemigos de la cruz de Cristo durante algún tiempo. Además es
legítimo y admitido por el derecho de gente de que en los lugares
ocupados por los enemigos que los retienen con injuria de la divina
majestad el pío expulse al impío el justo al injusto...” Entre
los años 1000 y 1035, Sancho mayor de Navarra se somete al
expansionismo franco permitiendo la reforma benedictina, base de la
cluniacense, entre los territorios vascones para su catolización.
Más tarde, el rey francés, Felipe III el atrevido casa a Juana,
heredera del reino de Navarra, con su hijo Felipe IV; quedando
Navarra incorporada a Francia hasta el año 1328, logrando el
imperialismo franco su objetivo de dominación en todo el norte
peninsular. El único bastión de independencia ibérica sería la
administración andalusí. Esta política neoimperialista
franco-romana es solamente frenada por los andaluces, que durante el
gobierno de Al-Mansur (Almanzor), llegan en sus aceifas hasta
Barcelona en el 985, León en el 988 y Santiago de Compostela en el
997, con la intención de frenar las agresiones expansionista
franco-romanas.
El belicismo de la ideología de
cristiandad que profesan los católicos, el expansionismo sin límite
de esta iglesia que en aquel momento histórico aprovecha el
imperialismo franco ascendente junto a pequeñas ambiciones locales
de poder, van a provocar el estallido de una política genocida
bautizada con el nombre de Cruzadas. La iglesia católica, los nobles
terratenientes y los burgueses del los emporios comerciales (Génova,
Venecia, etc.), aprovechan el crecimiento demográfico que
experimenta Europa central para desatar esta agresión sin límite:
los bárbaros del norte están ya sometidos a la autoridad del papa
romano, y lo mismo sucede con los húngaros que han formado una
monarquía católica dependiente de la Santa Sede; Bizancio está en
su momento más débil, puesto que los normandos han conquistado sus
posesiones italianas y los turcos las de Asia Menor. Se escogen de
esta forma dos caminos de agresión y exterminio de poblaciones
civiles: hacia Occidente el Camino de Santiago y hacia Oriente el
Camino del Santo Sepulcro; caminos que abrían a aquellas masas de
miserables, nuevas rutas comerciales u oro fácil a sus obispos y
señores feudales, que pretendían la rapiña de aquellos pueblos y
tierras musulmanas. En esta situación y con este bagaje mental, se
inaugura un movimiento genocida como ya señalamos en el que
participa la mayor parte de Europa, dirigidos por la iglesia
católica.
Al igual que tras la conquista de la
ciudad de Jerusalén en el 1099, los príncipes cruzados francos se
reparten los territorios conquistados constituyendo el reino de
Jerusalén, diversos principados, ducados y condados; algo parecido
ocurre en la Península Ibérica, donde los franceses (francos)
fundan reinos como el de León, condados como el de Castilla y
Aragón; repoblándolos y siendo administrados por señores feudales
franceses al servicio del expansionismo franco-romano. Todavía en
esta época no se había inventado el mito de la Hispania cristiana.
El aparato ideológico era
administrado por los abades franceses de la orden de Cluny,
personajes muy destacados en la historia de Francia y de otros reinos
vasallos como Navarra, o nuevas fundaciones francesas como Castilla,
Aragón o Cataluña. El conocido como san Odilón era algo así como
el embajador plenipotenciario en le Península Ibérica del imperio
franco-romano. Aparte de participar en la colonización francesa del
Norte peninsular es el introductor más destacado del monaquismo
franco-romano en el resto del mozarabismo peninsular, actuando de
caballo de Troya, aprovechando las libertades y la tolerancia de que
gozaron las diferentes culturas en Al-Andalus y en las marcas
administradas por la soberanía andalusí. Este monje llamado san
Odilón mantenía relaciones muy estrechas también con el emperador
germánico, con el rey Esteban de Hungría y Casimiro de Polonia,
entre otros; animando de forma muy especial a los cruzados al
genocidio contra los andaluces y los otros pueblos ibéricos libres.
Va a ser en esta época cuando la iglesia romana se establece de
manera oficial en Castilla y ésta queda definitivamente incorporada
al Occidente franco-romano.
Otra visión de esta conquista de los
pueblos Europeos sobre Andalucía, nos la ofrece Blas Infante, de una
forma menos academicista, pero llena de intuición y de sentimiento,
acertando nuevamente en una interpretación que años más tarde
seria corroborada por los estudios académicos de numerosos
historiadores:
¡Francia! Ella fue, es y será, la
inteligencia de Europa, contra los jamás germanizados, ni por la
sangre ni por el genio. España, instrumento de Francia; los bárbaros
expulsados por el auxilio árabe, con la colaboración de Europa
entera, vienen otra vez contra nosotros. ¡Las cruzadas! El robo, el
asesinato, el incendio, la envidia destructora, presididos por la
Cruz. Nos quitan nuestros territorios peninsulares, y llamándonos
perros nos despeñan por los barrancos de la Marianica. Fernando el
Vizco nos arrebata córdoba y Sevilla. Sangre y fuego. Empiezan a
quitarnos la tierra. Los bárbaros se revuelven vencedores contra el
espíritu de todas nuestras instituciones, que se derrumban ante su
empuje ciego. Por último, ISABEL, la empeña-joyas, la Católica,
título que le concede el Papa, por haber degollado la valiente
población malagueña; por haber repartido las doncellas andaluzas
como a esclavas entre sus damas; por haber enviado al mismo Papa
parte del botín, y un escuadrón de esclavos andaluces, cautivados
en la rendición de Málaga; Isabel, la bárbara, grosera fanática,
hipócrita, y cuya figura y cuyo reinado contrastado con los valores
permanentes y universales de la Humanidad y de la Justicia, y aún
con las normas políticas de ordinaria moral, ordenada a la
gobernación de los Pueblos, son los más desastrosos que tuvo
España, como se llegará a demostrar en próxima revisión; Isabel
viene a consumar la obra. Se queman bibliotecas, se destruyen templos
e industrias. La tierra de Andalucía queda toda ella,
definitivamente, distribuida en grandes porciones entre los capitanes
de las huestes conquistadoras o entre colonos de los pueblos
conquistadores que no aman la labranza; y los andaluces, que la
tenían convertida en un vergel, son condenados a esclavitud de los
señores, y a vagar en torno de las cercas de aquellos estados
territoriales, cuyas obras de riego son destruidas o abandonadas
hasta llegar a convertirse en erial. Ya lo dijo Abubekr: “A medida
que las cruces y las campanas iban afeando las airosas torres de las
mezquitas, la tierra de jardín se tornaba en yermo, y la Cruz
presidía la esterilidad de los campos, cerrados a los andaluces”.
Se encienden las hogueras de la inquisición; millares de andaluces,
mosaicos y musulmanes, son quemados en las salvajes piras.
La expulsión de los moriscos y la
posterior repoblación, como hemos visto por la carta que el Conde de
Salazar dirige al rey Felipe III, así como otros muchos documentos
de la época, demuestran el fracaso de la expulsión, así como la
repoblación, que no fue otra cosa que el movimiento de andaluces de
unas tierras a otras de Andalucía:
Se empiezan a decretar expulsiones
de andaluces, de los cuales, unos quedan en el destierro; otros se
salvan del exilio por la ocultación; otros retornan de Berbería en
conmovedoras empresas, viniendo también a ocultarse en el seno de la
sociedad enemiga, o en las fragosidades de las sierras. Los Austrias
continúan la obra de Isabel.(Blas Infante)
Una vez concluida la conquista de
Al-Andalus, comienza la historia más macabra que un pueblo puede
padecer, un sueño tan cruel, que acaba borrando del subconsciente
colectivo cualquier atisbo de recuerdo que nos traslade a esa etapa
de sufrimiento, aceptando el asimilismo impuesto por el conquistador,
con el objetivo de evitar el sufrimiento a las generaciones futuras,
con el método de borrar nuestra identidad y aceptar la impuesta.
La conquista cristiana, finaliza en el
año 1492, tras la firma de las Capitulaciones de Santa Fe, entre los
representantes de los Estados Castellano-Aragonés por un lado y el
Andalusí de Granada por otro. En este tratado Internacional, firmado
entre estos dos estados, el Reino de Granada, reconoce vasallaje al
Reino Castellano-Aragonés, a cambio de conservar sus lenguas –árabe
y romance andalusí-, propiedades, oficios, vestimentas, cultura y
religión. Pocos años duró el cumplimiento de este Tratado
Internacional, roto por la promulgación de numerosas pragmáticas en
contra de la utilización de la lengua árabe, seguida de la quema de
libros arábigos, y de otras pragmáticas en contra de las costumbres
andalusíes: baño, perfume, vestimentas, etc, seguidas por otras en
las que se prohibían ciertos oficios a la población andalusí,
culminando el proceso de presión contra esta comunidad, con el
decreto de conversión forzosa al cristianismo. Este decreto,
convierte a la población andalusí en morisca –aquellos que tras
la apariencia de conversión al cristianismo, seguían conservando
sus ritos islámicos-. Desde aquí hasta nuestros días, toda una
historia de ocultación del ‘genio’ andaluz tras la aparente
asimilación de la cultura impuesta:
Por fin, han llegado a triunfar y a
asentarse definitivamente los bárbaros expulsados de Andalucía con
el auxilio árabe. El despiadado asimilismo viene a imperar. Se
castiga el baño, se proscriben el traje, la lengua, la música, las
costumbres, bajo graves tormentos. Empieza la labor de enterrar
nuestra gloriosa historia cultural; su recuerdo es castigado como
crimen; al cabo de tres generaciones los andaluces creen que son
europeos, y que los moros que había en Andalucía eran unos salvajes
que ellos vinieron del norte a echar más allá del estrecho. De la
sociedad y de la patria andaluza solo quedan fermentos inorgánicos.
La uniformidad, principio de la
barbarie germánica, ha triunfado aparentemente. Sin embargo, los
pueblos rurales andaluces, quedan ahí, plenos de la raza pura,
mientras que las ciudades se llenaban de gente extraña. Andalucía,
no se fue. Quedó en sus pueblos, esclavizada en su propio solar. En
sus pueblos rurales constituidos por los moriscos sumisos de
conversión anterior y lejana a la época de las expulsiones, a los
cuales correspondía ya el título de cristianos viejos; por los
moriscos que retornaron de la forzosa emigración, refugiándose en
sierras y campos. Su etnos y sus etos son inconfundibles. Fueron y
son las enormes falanges de esclavos jornaleros, de campesinos sin
campos…son los flamencos (felah-mengu – campesino expulsado).
¿Comprenden ahora todos los folk-loristas y no folk-loristas, desde
Borrow hasta Machado Álvarez; desde Schodart hasta Waldo Frank, a
quienes ha venido intrigando este nombre de flamenco; todos sin
excepción, perdidos en un mar de confusiones por haber llegado a
creer que este nombre árabe era el flamenco, latino o germano,
ingreso en el léxico español con acepción figurada?. Véase la
investigación y justificación de esta etimología en mi libro
“Orígenes de lo flamenco y secreto del cante jondo”.
En el XVI, se inicia la era flamenca de
la historia de Andalucía, que desarrolla dos periodos: uno de
ocultación, que va desde principios del XVII hasta últimos del
XVIII; otro de revelación incomprendida, que va desde últimos del
XVIII a principios del XIX, y por último, este de comprensión del
sentido de lo flamenco, que es el que se desarrolla, merced a los
esfuerzos restauradores de la conciencia andaluza; esfuerzos
desarrollados, primero, por el centro andaluz, y después, por su
continuadora, la Junta Liberalista de Andalucía.
Era flamenca o Felah-menca. ¡De
desprecio de la raza vencida, de la raza morisca convertida en
jornalera, de campos arrebatados, convertida en truhan del feudalismo
bárbaro que Europa vino a establecer sobre nosotros! Era de fluir
subterráneo, oculto o inexpreso, del estilo andaluz, creando como el
ladrón que se oculta entre sombras sus hechos culturales;
continuando la fluencia original de Al-Andalus, a través de siglos
enemigos. ¡ERA FLAMENCA…continuadora de la autenticidad de
Andalucía, a pesar de la tiranía Europea que España instrumentó,
desarrolló contra nosotros, con una barbarie y una impiedad como
jamás el salvajismo de Europa y su fariseismo malvado, llegó a
emplear en ninguna empresa de sus acostumbrados coloniajes! Aquí,
quedamos vivos aún. La terrible y secular tragedia ha sido presidida
por un treno: el cante jondo. ¡Y vosotros que os veníais a reír de
lo flamenco, como de una contorsión musical o plástica de vuestro
secular bufón! ¡Y vosotros, que hicisteis del nombre de nuestra
tragedia un denominador peyorativo -toda creación de la raza
vencida, es despreciable- para expresar gestos de brivia, de
germanesca o rufería; nombre de sarcasmos, mediante el cual la
subconciencia conquistadora, se ensaña aún contra los perros
sometidos!.
En la era flamenca, el régimen
implantado por la conquista, exalta la bárbara inspiración en un
sistema de hechos fautores de la esterilidad de Andalucía. Cuando la
conquista, la tierra sobrante de los grandes repartimientos
verificados a favor de los nobles capitanes y de las iglesias, se
distribuye entre los soldados, y para agotar el resto de la vacante
se llama a colonos de Castilla o de Galicia; los primeros sin
vocación agricultora, los segundos no acostumbrados a los riegos
artificiales andaluces, cuyas obras bien pronto quedan abandonadas.
Muchos colonos se ausentan, y las comarcas jardines tornan a ser
selváticas soledades. Después, la especulación y el caciquismo
territorial (La Europa antigua, vive en España, gravitando hacia el
feudalismo) consumen y ratifican la obra conquistadora. La
desamortización discierne las tierras a los más ladrones, que
constituyen estados territoriales nuevos, sustituyendo a las manos
muertas del clero, antiguo poseedor de las tierras. El cacique
territorial, a cambio de votos esclavos, obtiene del cacique política
bajas de contribución que van a aumentar las de los pocos pequeños
terratenientes que quedan aún, obligando a estos el fisco y la usura
a ceder sus terrenos a los grandes latifundistas, los cuales usurpan
por igual razón, las pocas tierras que a los municipios dejara la
desamortización, y hasta las veredas y cañadas y abrevaderos,
discernidos a esta institución, tan extraña para Andalucía, como
es el Consejo de la Mesta…
Los andaluces carecen ya de una
piedra para reclinar la frente. Su existencia escandaliza al
mundo. Viven en las ergástulas de las gañanías o son repartidos
como esclavos entre los propietarios. Cuando no tienen empleo en
tierra extraña, o manijeros que los escojan en las plazas,
convertidas en mercados de esclavitud. Sus mujeres están a merced de
los señoritos. Hablando de ellos dice Mr. Malhall: “No hay
existencia en el mundo a la suya comparable”. También Mr.Dauzat,
se estremece al pensar en sus miserias terribles. Ángel Marvaud,
denuncia a todo el crimen tremendo. Ya desde el siglo XVIII,
principio del segundo periodo flamenco, considerando la terrible
situación del pueblo morisco, del pueblo jornalero, del verdadero
pueblo andaluz, creador de las culturas más intensas de occidente,
Campomanes, el ministro del Rey, lloraba…
El jornalero, sin embargo, ni ríe
cuando ríe, ni llora cuando llora. Ya no sabe lo que es…El hambre
lo ha venido a diluir. Sin embargo, no pasa día sin que aún venga a
ser o a recordar lo que fue o a contar su historia. Es cuando dice,
sin saber lo que dice, pero saliendo de la hondura de su ser, una
terrible, una lúgubre melodía que tiembla en sus labios exangües,
que contorsiona su cuerpo y que descompone en gesto trágico, las
líneas de su semblante. Es lo felah-menco. ¡Cante hondo! ¡Ya
veréis si vive o no Andalucía!(Blas Infante)
Mentiras, mentiras…y más mentiras.
Eso nos ha dejado la historiografía oficial. El mismo proceso
acontecido con la historia de la invasión de los árabes, ha
ocurrido también con la “Reconquista”, la “expulsión de los
moriscos” y la “repoblación”. Los motivos de la manipulación
histórica, siempre han sido los mismos, dejar al pueblo andaluz sin
memoria, sin referente histórico ni cultural… sin fundamentos en
los que basar sus protestas de siglos.
Hoy, en el siglo XXI, lo tenemos muy
claro gracias a las investigaciones de muchos historiadores y
científicos que han arrojado luz sobre la oscuridad de la mentira y
la ignorancia. Ha sido un largo viaje, -lleno de trampas, de
rechazos, de caza de brujas, de impedimentos legales, de amenazas, de
chantajes, etc.- el que se ha necesitado para alumbrar el camino que
comenzara a andar un andaluz de principios del Siglo XX, Blas
Infante.
Infante fue el primero que interpretó
la historia de Andalucía desde la intuición de una historia
genuina, fuera de las tesis asimilistas de los historiadores
españoles. No contaba con los estudios multidisciplinares en
diversos campos de las ciencias que se han realizado en épocas
recientes, ni disponía de las fuentes documentales de las que
disponemos hoy en día… pero solamente con la Intuición y con unas
dotes extraordinarias de observación y análisis, nos dejó una joya
inapreciable: las bases de la fundamentación histórica de
Andalucía, que años de investigación y estudios posteriores han
dado el carácter de científica, al confirmar las intuiciones de
Infante, las obras de estudiosos de la categoría de Olague y otros.
Sin temor a equivocarnos, podríamos afirmar que Infante fue el
primero que rompió con las tesis asimilistas, enseñándole el
camino a Olague y a todos los que basan sus estudios en las tesis que
este nos dejó en su extraordinario libro “La Revolución Islámica
de Occidente”.
Los andaluces, al contrario de lo que
nos puede parecer por la ocultación que la historia “oficial” ha
hecho de los intentos por sacudirse el yugo castellano, no han sido
un pueblo dócil ni resignado a la suerte que la historia les ha
deparado. Durante siglos, los movimientos revolucionarios, de una
índole u otra, se han sucedido en Andalucía, siempre con un mismo
estilo, con un mismo fin, inmutables a través de los siglos:
sacudirse la tiranía que para aquellos y estos andaluces representó
la Conquista, con el sometimiento al rey de España, a las leyes y la
justicia impuesta, a la religión oficial y al Estado. Esta línea de
“resentimientos” contra el poder impuesto, iniciada con las
primeras sublevaciones moriscas, llega hasta el siglo XX, facilitando
la implantación en Andalucía de los movimientos anarquistas, cuyo
lema, referido al Estado que los ahoga, bien podría ser morisco: Ni
Dios, Ni Patria, Ni Rey, en una frase que representa todo el
desprecio que estos campesinos anarquistas, desde tiempos ancestrales
y sin conocer el origen de su fobia, sentían por las instituciones
del Estado.
Blas Infante, enumera algunos de estos
hechos de consciente rebeldía o de resentimiento popular por la
miseria impuesta, en el capítulo denominado “La Revolución
Andaluza”, inserto en su obra “La verdad sobre el complot de
Tablada y el Estado Libre de Andalucía”, al defenderse de las
acusaciones de “intentar proclamar la República o Estado libre de
Andalucía, mediante un acto de fuerza incivil”. Según el propio
Infante: “Lo de la aspiración es cierto; lo del método,
ridículamente falso”. Para Infante, es ridículo pensar en un
levantamiento armado en la ciudad de Sevilla, y mucho menos que este
movimiento fuese seguido por el resto de Andalucía, pues –piensa
Infante- Sevilla no ejerce influencia alguna en el resto de
Andalucía, a pesar de ser su Capital y centro económico y social:
¡Ahí es nada¡ ¡Suponer que
porque Sevilla y su provincia se llegasen a levantar en armas iban a
secundar el movimiento las demás comarcas andaluzas, sin previa
preparación! ¡Como si Sevilla viniese a ejercer autoridad alguna
sobre las demás ciudades andaluzas, ni aún siquiera ligera
influencia sobre la Andalucía Oriental, Córdoba ni Jaén! ¡Como si
la capitalidad de Andalucía (la cabeza, y por consiguiente, el
pensamiento director), estuviese discernida a Sevilla por el
reconocimiento de alguna de las demás provincias andaluzas! En la
historia de Andalucía, se llega a aprender, además, que jamás se
intentó por alguien hacer de Sevilla centro de un movimiento
revolucionario de Andalucía, político ni societario, y que si
alguna vez se ensayó ese intento, no pudo alcanzar nunca un
apreciable desarrollo. Al contrario de lo que sucede con los operados
en Andalucía de Centro y Oriental, y con la región de Cádiz, unida
con esta última, los cuales llegaron a ofrecer con una importancia
beligerante tomada en seria consideración por los Gobiernos
españoles. Granada, Córdoba, Málaga, Cádiz, he aquí el
territorio de prestigio revolucionario, el único adecuado para
servir de centro director a un movimiento, al cual pudiera llegar a
obedecer toda Andalucía. ¡Pero Sevilla! Cuando el Duque de Medina
Sidonia intentó imitar a Portugal en la acción de levantarse contra
Felipe IV (1642), y quiso proclamarse Rey de Andalucía, no osó
acariciar el disparatado proyecto de extender su reinado a todo el
territorio andaluz; ni estuvo nunca esta idea en el pensamiento de su
mentor y primo, el Marqués de Ayamonte, don Francisco Manuel de
Guzman, a quién costara la cabeza la ayuda prestada a su cobarde
pariente. Antes por el contrario, los conspiradores, según prueban
los archivos moriscos y silencian las historias españolas (historias
asimilistas), protegidos por Portugal, Holanda, Inglaterra y Francia,
pusiéronse en relación con un caballero morisco, cristiano
aparente, el cual caballero habitaba en la Sierra de Gador (Almería),
y era descendiente de Mohamet VIII de Granada. Este caballero, cuyo
nombre árabe fue Tair-el-Horr, asumió la empresa de proclamarse Rey
de Andalucía Oriental, con el apoyo de los aliados y el especial del
Emperador de Marruecos, quién puso a sus órdenes un ejército
compuesto por andaluces musulmanes, desterrados en Berbería; al
mismo tiempo que los judíos andaluces contribuían a financiar la
empresa del Duque y de Tair. Por cierto que el Horr (el Halcón), el
último morisco andaluz rebelde, fue asesinado misteriosamente en los
campos de Estepota, cuando en aquella costa esperaba la llegada de
las tropas andaluzas de Marruecos; seguramente por instigación del
Conde Duque de Olivares, enterado de la conspiración, y por la
traición del de Medina. Pues bien, el lugar elegido por los
conspiradores para irradiar la rebelión en la Andalucía
Occidental…¿fue Sevilla? No, fue Cádiz. En Sevilla se limitaron a
poner unos pasquines con la leyenda de “Viva el Rey don Juan”
(nombre del Duque de Medina Sidonia) en la plaza de la Magdalena.
La Junta soberana de Andalucía, en
1835, consiguió que el pueblo andaluz se alzase entero contra el
Gobierno de Cristina, para venir a discutir, como hoy hace Cataluña,
de potencia a potencia con el Gobierno de Madrid, porque aquilla
Junta llegó a escoger con suma cautela el centro de su acción, no
situándolo en Sevilla, sino en Andujar; y desde allí Su Alteza
(tratamiento que a sí misma, se decretó la Junta), pudo actuar con
éxito, llamando a las armas a todos los andaluces para que viniesen
a constituir su ejército enfrente del poder de la Reina
gobernadora.
Y en cuanto a los movimientos de
índole más social que política, no hay más que comparar, por
ejemplo, el iniciado en Sevilla (junio, 1857) por don Manuel Caro,
quién apenas llegó a reunir cien hombres, batidos inmediatamente
por las fuerzas del Gobierno, sin haber logrado la ayuda de los
pueblos que consiguieron atravesar de esta Provincia; con el gran
alzamiento republicano-social, iniciado en Molina por Rafael Pérez
del Álamo (Julio, 1861), a cuyo favor se pusieron algunos pueblos de
Granada, Málaga y Córdoba (nunca de Sevilla), enviando hombres a
las filas del Albéitar”.
“Otra extrañeza que el
conocimiento de la historia de Andalucía vendría a desvanecer,
sería la que llega a producir el hecho de que el regionalismo
andaluz hubiera nacido de improviso como creación artificiosa, sin
previa evolución; sin que le viniese a preceder el estadio que Prat
de la Riba llega a indicar como precedente de la expresión
nacionalista. Esto es: el provincionalismo histórico. En Andalucía
ha precedido al andalucismo el desarrollo de un hecho más
significativo aún, solo que este hecho se ha mantenido oculto jamás
de haber sido Al-Andalus, esto es, algo extraño a España
europeizada; algo completamente ajeno a Europa. Ese hecho es la
continuación del estilo andaluz, a través de la modalidad
felahmenga; manifestación oculta, primero; revelada, después, en
innúmeras formas, sin que estas formas, aún las más agresivas
(verbigracia, el bandolerismo y el anarquismo) hayan venido a ser
nunca (por no haberse conocido esta clave) realmente objeto de
interpretación; Andalucía sigue en contra de Germanía o de la
Europa germánica, su enemiga tradicional…Es anarquista, apenas en
el siglo XIX, apuntan las inquietudes societarias. Recuérdese a don
Joaquín Abreu, diputado en las corotes del 23, propagandista de
Fourier y de don Manuel Sagrario de Veloy, quién llegó a reunir un
millón de duros para fundar en Jerez un falansterio en 1841, y
cuando la escisión de 1872 entre Marx (germánico) y Bakunin
(eslavo), Andalucía se pronuncia radicalmente por el segundo, a
quién sigue fiel. Sólo que las revelaciones de la sucesión del
estilo de Al-Andalus, a través de Andalucía, aparecidas, las más
superficiales, en un siglo distante de aquellos en los cuales fueron
abiertamente perseguidas; perdida la memoria de su heterodoxia,
fueron confundidas con expresiones pintorescas del Sur español;
repertorio de un tipismo inofensivo, con respecto al cual, el antiguo
rencor ortodoxo y asimilista, vino a manifestarse en forma de
consideración despectiva. En Andalucía no podía llegar a
manifestarse el provincialismo histórico, por la sencilla razón de
que Andalucía jamás llegó a constituir provincia.
No fue miembro vivo de una nación,
sino país conquistado, influyente por su solera cultural sobre el
resto de la península, a la cual vino a expresar ante el Mundo.(Blas
Infante)
Del texto anterior, se desprende la
simpatía de Infante por todos los movimientos Independentistas,
Revolucionarios o de cualquier otra naturaleza, acontecidos en
Andalucía desde la Conquista Castellana, así como su deseo de
constitución de un Estado Andaluz, Soberano, cuyas características
abordaremos en un próximo capítulo de esta obra.
Blas Infante, ve la historia de
Andalucía, como un pueblo que ha mantenido a lo largo de los siglos
un mismo estilo cultural, una evolución basada en unos valores
comunes que han quedado inalterados con el paso de los tiempos, y que
ha quedado oculta, subterránea tras el proceso asimilista que ha
continuado a la conquista cristiana:
“Una auténtica cruzada se ensañó
contra esta cultura superior hasta dos extremos difícilmente
alcanzados por otra cualquier acción conquistadora:
1º Pretendió desplazar, mediante
terribles actos de fuerza el alma de los creadores de la cultura que
venía a desolar, por la propia de los conquistadores.
2º Intentó enterrar y, aún, llegó
a conseguir durante dos siglos, no solo la historia de aquella
cultura, y, por consiguiente, sus fecundidades, sino hasta la
historia social y política de los vencidos, señalando a la prole a
odiar al progenitor, estigmatizando a este con el anatema de
barbarie; llegando hasta a realizar un acto de trágica teatralidad,
como la expulsión de los moriscos, para abrir una absoluta solución
de continuidad entre nuestros padres y nosotros…Tan enterrada quedó
esa cultura, tanto odio y tanto desprecio impotente se llegó a
arrojar sobre su memoria que ¡Cuánto trabajo nos ha costado a los
investigadores empezar a imponer a los científicos de Europa
verdades que con el instrumento del árabe se encuentran a flor de
tierra…
Yo no apercibo solución de
continuidad entre las culturas creadas por Andalucía con diferentes
nombres, correspondientes a épocas situadas entre grandes crisis
históricas, sino tránsitos que engarzan esas épocas diferentes
–hégiras o huidas- , influenciados por los extraños estilos que
por virtud de estos hechos vinieron a ponerse en contacto con el
estilo, privativo, siempre de Andalucía. Así, pude llegar a ordenar
algunas notas muy significativas, acerca de la continuidad de
Andalucía, reduciendo su historia a la sucesión ondulante –de
tránsitos positivos o negativos- de un mismo estilo no agotado, aún,
por sus diferentes cuerpos culturales…”
El fundamento de
Andalucía, está –para Blas Infante- en el período de esplendor
de Al-Andalus, basando en su conocimiento y en su difusión las
claves para darle al pueblo andaluz su Identidad perdida, y las armas
para luchar contra las corrientes asimilistas que la estructura del
Estado español, apoyada en los intereses centralistas nos han
impuesto.
Para Infante, “las causas de los
pueblos jamás prescriben”. El paso del tiempo, los cambios
políticos, los cambios de regímenes y de gobiernos, la constitución
de la Comunidad Europea, los cambios de fronteras en países
cercanos, los movimientos migratorios, la evolución hacia sociedades
multiétnicas y multiculturales, la apatía del pueblo andaluz
motivada por las políticas asimilistas…no invalidan la causa del
pueblo andaluz, fundamentada en una historia genuina –como nos dice
Infante- y en unos derechos mancillados por la conquista cristiana.
Tras el incumplimiento de las capitulaciones de Santa Fe –Tratado
Internacional entre dos estados soberanos, el andalusí de Granada y
el Castellano-Aragonés- , del año 1.492, por la que los reyes
andalusíes reconocían vasallaje a los reyes castellanos, a cambio
de que los andaluces derrotados conservaran sus propiedades, cultura,
costumbres, profesiones y religión, las siguientes pragmáticas de
conversión forzosa al catolicismo, de asimilación a la cultura
cristiano-castellana, con la prohibición de uso de las vestimentas
propias de los andaluces de la época, con la prohibición de la
lengua y escritura árabe y romance andalusí (aljamiado), con la
creación de la más cruel maquinaria represiva jamás implantada: La
Santa Inquisición, provoca uno de los mayores genocidios de la
historia de la humanidad, y la salida de Andalucía de miles de
andaluces, que en países vecinos, buscan una vida de mayor libertad.
La historia de los andaluces que se quedaron no fue mejor: pérdida
de propiedades, de profesiones, convirtiéndose en esclavos o en
campesinos errantes, felah menco (campesino sin tierra). Los derechos
de todas las generaciones de andaluces que han padecido la conquista
cristiana no prescriben, así como las humillaciones y vejaciones no
pueden ser eternas.
“Las causas de los pueblos jamás
prescriben. Como el pueblo judío es el pueblo andaluz, arrojado fue
de su patria por el espíritu del imperio romano, representado por
los reyes españoles, y unos moran, todavía en hermanos o extraños
países y otros, los que quedaron y los que volvieron, los jornaleros
moriscos que habitan el antiguo solar, apartados son inexorablemente
de la tierra que enseñorean, aún, sus conquistadores. Y es preciso
unir a unos y a otros”. (Blas Infante)

No hay comentarios:
Publicar un comentario